ESTE año hay pocos grelos, pero muy buenos. Como pasa con los amigos de verdad. O con los poetas de nivel. Uno de los muy buenos artistas del verso es W. H. Auden, que este año está de centenario por su nacimiento en 1907. Cuando uno lee a autores como Auden, otros muchos se le quedan pequeños. Auden es el eslabón perdido entre T. S. Eliot y John Ashbery, por ejemplo. Hombre viajado, vivió en Alemania, Islandia, China y España. Aquí condujo ambulancias para la leal República y dibujó así nuestra absurda guerra incivil, laberinto del fauno: «Las estrellas están muertas. Los animales no quieren mirar». Poetas hay en demasía, pero, como los grelos de este año, con su punto justo de óxido como los de Val de Xestoso que se crían entre el verde y la umbría de Monfero, hay pocos. Auden es una joya. Uno le lee y siente vértigo de seguir con la lata de las palabras. El depresivo se emborracha con las flores muertas, como Lorca, otra cumbre, dijo que el río Hudson se emborrachaba en aceite. Auden es poderoso cuando busca el reflejo de los grandes. De Rimbaud dice: «El frío había hecho un poeta». De Yeats: «La furiosa Irlanda te hirió y te abocó a la poesía». Atacó la mala conciencia del hombre contemporáneo: «Nuestros picnics al sol» «frente a la muerte súbita ante nuestros ojos» de otras latitudes. O el orgasmo que nos produce comprar por comprar: «Todo lo que necesita el Hombre Moderno: fonógrafo, radio, coche y frigorífico». Hoy diría ordenador, móvil, tele de plasma y juguetes eróticos. El ser humano, marioneta del consumo, él mismo objeto consumible. Siempre nos quedarán los vates con clase para desnudar al tirano. Como dijo otro de los muy buenos, Brodsky: «Nosotros partimos y la belleza permanece». Sellar el mar, escribir poesía. cesar.casal@lavoz.es