NO DEBE de haber peor cosa para un político. Que cunda entre la población la sensación de que está haciendo mal las cosas puede ser su ruina. Los gallegos, especialmente los que viven en la olvidada costa norte, tienen razones para no estar muy contentos con la gestión del incidente del buque holandés Ostedijk . El barco está fondeado y emanando gases a una milla de la playa de San Román, después de haber recorrido unas cuantas millas de norte a sur, primero, y de sur a norte después. Carecemos de los conocimientos técnicos para sostener que ahora, una semana después de que el carguero lanzara el SOS, no se está haciendo lo correcto. Pero el sentido común y la recapitulación de las informaciones difundidas desde un primer momento dejan en el aire algunas preguntas. ¿Por qué al filo de la medianoche del sábado pasado se dijo que todo estaba solucionado, que había sido sólo un incidente interno del buque? ¿Por qué se intentó que saliese cuando antes rumbo a Valencia? Si no había peligro de intoxicación, ¿por qué no se arrimó el barco a un lugar protegido para enfriar y vaciar la carga? Las respuestas dejan un flanco abierto para los responsables de la gestión de la crisis. Hay demasiadas cosas que recuerdan a la deriva del Prestige. Claro que no es posible hacer comparaciones, porque ni se vertió la carga ni el barco es un cascarón viejo e infradotado para el transporte de mercancías peligrosas; ni siquiera las 6.000 toneladas de fertilizante son las 77.000 que vomitó el barco de Mangouras. Pero, vista la actuación del gabinete de crisis, no parece descabellado pensar que la situación se ha ido complicando conforme ha ido pasando el tiempo por no actuar con decisión en el minuto uno. Ya lo hemos dicho, pesó en exceso el fantasma del 13-N. Aquel recuerdo agarrotó a alguien, que, como otros hicieron antes, pensó que lo mejor era tener el problema lejos. Es posible que técnicamente, en este momento, la bocana de la ría de Viveiro sea el mejor sitio para tener el buque al abrigo del temporal. Pero el sábado pasado, cuando la descomposición de la carga no estaba tan avanzada ni las elevadas temperaturas amenazaban con quebrar el casco, había alternativas. Muchos piensan que esto empezó mal, y ni siquiera un deseable final feliz les hará cambiar de opinión. Ya sabemos que gobernar es una tarea difícil. Y, a veces, ingrata.