La hora de los jueces

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

EL 11 DE marzo del 2004 todos los españoles -y en particular los de Madrid- dieron una lección de entereza y solidaridad al afrontar el mayor atentado de nuestra historia. Aquel día negro brilló con la mejor luz la unidad de un pueblo que, por encima de la salvaje tragedia, acertó a mostrar su fortaleza y su fraternal concordia. Ni una voz desafinó ante el crimen monstruoso que se llevó la vida de 192 personas y dejó a otras 1.824 con heridas. Ni un pero que poner a las actuaciones profesionales y ciudadanas. Desgraciadamente, lo que vino después ya no respondió a ese modelo de grandeza civil. El encono político y la beligerancia parlamentaria nos ofrecieron el deplorable espectáculo de la comisión del 11-M. En vez de buscar la verdad, se buscaron argumentos para culpar al adversario. Un mal camino que, paso a paso, nos ha ido llevando a la actual bronca -con el consiguiente distanciamiento- entre el PSOE y el Partido Popular, los dos partidos claves para la gobernabilidad de España. Tres años después, por fin ha comenzado -el pasado miércoles- la vista oral del juicio del 11-M. Con ello bien se puede decir que los tribunales nos liberan de la aburrida cantinela de los políticos y afrontan la delicada tarea de hacer aflorar la verdad. Tres pesos pesados de la Audiencia Nacional (los magistrados Javier Gómez Bermúdez, Fernando García Nicolás y Félix Alfonso Guevara Marcos) tienen la palabra, los medios y el tiempo necesario. Sólo cabe pedirles a los políticos que ahora se callen, aunque sólo sea por un agotamiento lógico después de lo mucho que han hablado y se han acusado y descalificado unos a otros. Déjenles juzgar a los jueces y no nos confundan más. Estamos ante el momento esperado: el de la justicia. No se trata de impedir el debate social, político o periodístico, pero sí de supeditarlo a las evidencias que en la sala del tribunal se vayan imponiendo. Porque lo esencial tiene que ocurrir allí. Y de allí tienen que salir condenados los culpables y exonerados los inocentes. Ya basta de anticipar resultados y sembrar acusaciones o sospechas de toda laya y condición. El juicio ha comenzado, como todos deseábamos. Es la hora de los jueces. ¡Por fin!