Lo veremos en la calle, y sin pedir perdón

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

HABLÓ el Supremo. Se pronunció sobre el terrorista más odiado. Y fue muy generoso. Entre los 96 años de cárcel que pedía la AVT y la absolución que pedía su defensa, el Tribunal optó por una sentencia benévola, que en la práctica parece una absolución: tres años. Dado que ya ha cumplido la mitad por su delito de amenazas, es posible concederle el tercer grado o cualquier otra medida de gracia. Personalmente, no descarto verlo en la calle cualquier día. Y no me duele esa imagen. Lo que me duele es verlo convertido en héroe y vitoreado por quienes aclaman a los criminales. Y lo veremos. Nos taparemos los ojos de bochorno y de humillación, pero lo veremos. Eso es lo más triste, por no decir lo más nauseabundo de esta lamentable historia. Digo que es lo más triste, porque la sentencia en sí tiene que ser acatada. Habló el Supremo, y terminaron los recursos. Si el Supremo dice que la sentencia anterior (doce años y siete meses) era excesiva, ese Tribunal es el único intérprete válido de la ley. Un vulgar cronista no tiene la osadía de discutir tanta sabiduría jurídica y tanta experiencia judicial. Tampoco caeré en la trampa de pedir que se tenga en cuenta el clima social. Ni lo hice antes de la vista, ni lo haré después de la sentencia. Simplemente bajo la cabeza y asumo que ésa es la realidad legal. Pero eso no impide que muestre mi decepción personal por todo lo ocurrido. Todos los últimos episodios de De Juana Chaos han sido un despropósito. Fue un despropósito que el fiscal pidiera al principio 94 años de cárcel. Lo fue que también el fiscal rebajara la petición. Lo fue el rechazo a la petición de prisión atenuada y la forma como se hizo: sustituyendo en el último minuto al tribunal que lo iba a decidir. Lo fue todo lo ocurrido en la habitación del hospital: las declaraciones al Times , las fotos, la solidaridad sobrevenida de personajes de la política o el fútbol: El Estado parecía un juguete al lado de un manipulador. Y ahora, como coronándolo todo, lo que parece la victoria final: tres años, de los que ha cumplido la mitad. Para obtener cualquier medida de gracia, ya no depende de los tribunales. Depende exclusivamente de la voluntad del Gobierno. ¿Y qué creen ustedes que hará el Gobierno? Quitarse de encima el mal mayor: evitar que ese criminal se muera en la cárcel. Incluso esto puede ser razonable. Entre el respeto al Tribunal Supremo y a sus sentencias y los sentimientos del corazón, permítame el lector que hoy dé preeminencia al corazón: más allá de la ley, la sociedad no debería admitir en su seno a un asesino como ése. Será justo que salga; pero con la injusticia moral de no haberse arrepentido ni haber insinuado una mínima petición de perdón.