LA LLEGADA del AVE a Galicia se fija en el horizonte del 2013, un «horizonte razonable», en palabras del presidente Touriño después de acordarlo con el presidente Zapatero. Puede que lo sea atendiendo a las circunstancias actuales, el estado de los proyectos, de licitaciones y obras ejecutadas. Probablemente los ciudadanos gallegos hayan acogido con escepticismo la fecha del 2010 del Plan Galicia, y no digamos la del 2009, que, en un elogiable intento de infundir optimismo, se acordó en el Congreso de los Diputados. La racionalidad de la fecha, sin embargo, ha de ponerse en relación con las previstas para otros AVE. La diferencia desde que se parte era un argumento para superar una racionalidad que venía condicionada por un retraso, que se padeció también en materia de autopistas. Las dificultades de comunicaciones terrestres de Galicia con el resto de España, a cuyo través es imprescindible enlazar con otros países de la Unión Europea, constituyen un hecho diferencial indiscutible que merecía un tratamiento adecuado. Con independencia de su pretexto, la iniciativa del ferrocarril transcantábrico que se incluyó en el Plan Galicia marcaba una dirección sugestiva para este tratamiento diferenciado. Han pasado cuatro años. Dejando a un lado vaivenes de la política y juicios acerca de la «seriedad» de la propuesta, el dato a verificar es que, al menos, existe un amplio retraso. Hay sobrados ejemplos de cómo la voluntad política puede cambiar calendarios. Aquel plan no incluía inicialmente el Puerto exterior de punta Langosteira. Forcejeos personales, antes y después del cambio de Gobierno, consiguieron que se pusiera en marcha. La unidad en el Consejo de la Autoridad Portuaria defendiendo un acuerdo cuando la financiación de la UE no estaba asegurada contribuyó a que no se generara una frustración. Un proyecto que debe servir el interés de Galicia para paliar las carencias del transporte terrestre. Los horizontes se alargan o se achican como los artilugios que deciden en los aviones qué filas son de clase preferente y turista. Así ha sucedido también con la reforma del Estatuto de Galicia. En este caso, ni siquiera se ha fijado el horizonte. La niebla de los intereses partidarios impide ver su línea. No más claro es el horizonte del astillero de Fene. Sorprende que en la Unión Europea, donde el principio de transparencia es fundamental para asegurar la competencia, pueda hablarse de un acuerdo secreto. Informaciones contradictorias aumentan la dificultad de la visión. El horizonte no es nítido en el diálogo con ETA, ni para el perfil de independencia de la Justicia o del Tribunal Constitucional. El monocorde debate público achica el horizonte del Estado. Dependiendo de la fe, el horizonte se abre o se cierra por la muerte, como acaba de acaecer a la familia real. Volviendo a Galicia, para acercar horizontes lejanos o que se alejan y despejar los oscuros se precisa una conjunción de esfuerzos en la misma dirección. ¿Voluntad nacional?