Hipotenusas

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

03 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

YA lo decía aquel anuncio. Un tipo con una hipoteca es, en realidad, una persona que cargará con un bulto para toda su vida. Nada volverá a ser igual. Una hipoteca es una trampa. Y, si la firman dos unidos por el ¿amor?, ni te cuento. Hipotecados estamos más domesticados, todavía. Atados a la pata de la cama. Sujetos a unos números rojos que cada vez nos esmagan más. Esa palabra horrible, el euríbor, se ha colado en nuestras vidas. Tenemos pesadillas con los porcentajes. Y, aplazar los plazos, sólo retrasa lo evidente. Los políticos dicen que España está en un gran momento económico. Será para ellos. Pero los políticos son ombliguistas por oficio. Sólo rastrean votos. Son especialistas en vender humo y decir que no es un incendio. Es peor lo de los bancos. Les entregas el dinero, les das media vida y te cobran por respirar. Cada vez más comisiones. En España les consienten el disparate de firmar hipotecas hasta a cincuenta años que, en otros países, están prohibidas. ¿Qué locura es esa de una deuda que pasa de padres a hijos? Tú pagas la cocina y el baño y a tus niños les quedarán aún por amortizar las habitaciones y el trastero. Todo por unas celdas de ladrillos cada vez más pequeñas. Estar alquilado es como echar el dinero por la taza y tirar de la cisterna. Pero hipotecado entregas tu alma. Se la regalas para siempre al lucifer bancario de turno. Es obsceno leer en La Voz cómo suben las hipotecas otra vez y encontrarte una página después la noticia de los beneficios elefantiásicos de los bancos. Mejor biblioteca pública que hipoteca bancaria. Las hipotecas no tienen nada que ver con el hipo. No se van ni con un susto. Son el susto perpetuo. Los bancos pretenden reinventar aquella fórmula. ¿Cómo era?: la hipoteca es igual a la suma de los dos catetos que la pagarán el resto de sus vidas. Como servidor. cesar.casal@lavoz.es