UNA DE las carreras eclesiásticas más singulares es la del arzobispo polaco Stanislaw Wojciech Wielgus. Nacido en 1939, ordenado sacerdote en 1962, nombrado obispo de Plock en 1999. Hasta aquí, los datos encajan dentro del perfil de un sacerdote notable, sobre todo por su formación intelectual, que es promovido al episcopado. Pero la normalidad desaparece al tomar nota de los siguientes hitos de su biografía: el 6 de diciembre del 2006 es nombrado arzobispo de Varsovia, el 5 de enero del 2007 toma posesión de su archidiócesis y, un día después, el 6 de enero, presenta la renuncia. Desde entonces, Stanislaw Wojciech Wielgus es arzobispo emérito de Varsovia. ¿Qué ha sucedido para que un sacerdote que llega a la más alta representación eclesial de un país se vea obligado a dimitir apenas nombrado? El caso Wielgus pone de manifiesto la irreversibilidad del pasado: las cosas son, en buena medida, lo que han sido, sin que esté en nuestra mano cambiarlas. Maurice Blondel encontraba en este peso del pasado una confirmación práctica del principio de no contradicción: las acciones, «una vez realizadas pesan en toda mi vida y, al parecer, influyen en mí más que lo que yo he influido en ellas». «Algunas veces se vuelven contra mí lo mismo que un hijo insumiso contra su padre». La antigua colaboración de Wielgus con la policía secreta comunista, en los años en los que Polonia, como parte de Europa, estaba sometida a esa dictadura, ¿hacen de este hombre un indeseable, un proscrito? Creo que no. No es fácil hacerse a la idea de la presión que un poder totalitario es capaz de ejercer sobre la voluntad de un hombre. Pero, en una Polonia donde la Iglesia ha simbolizado la libertad y la dignidad nacional en los tiempos oscuros del sometimiento nazi o comunista, la debilidad de Stanislaw Wojciech Wielgus comprometía seriamente, como ha dicho el jefe de prensa de la Santa Sede, su autoridad, incluso ante los fieles. El que fuera secretario de Juan Pablo II y hoy cardenal de Cracovia, Stanislaw Dziwisz, manifestaba, recientemente, la voluntad de la Iglesia polaca de no ocultar nada, y subrayaba la madurez de los católicos de Polonia a la hora de encajar la dimisión de Wielgus. Este caso no empaña la trayectoria heroica de los católicos y de los sacerdotes polacos. Falta aún por ver que quienes sí desempeñaron, desde el poder, una postura activa en la represión de su pueblo tengan algún día la honradez de pedir perdón.