GALICIA es y será lo que los gallegos quieran en cada momento. Hoy, parecen existir dos debates. Lo que quieren los gallegos. Lo que quieren los políticos. No queremos ser menos que los demás y, especialmente, no queremos capacidades y competencias que nos coloquen en la España del desarrollo lento, que se aleja cada vez más de los ejes europeos que pasan por Cataluña y Euskadi. La cuestión no es identitaria. Eso es discusión para políticos. La cuestión es si la ciudadanía que se derive del nuevo Estatuto vale como la que más valga en el Estado español. Y ello requiere de autogobierno y capacidad para acceder a los recursos económicos que financian infraestructuras, garantizan los derechos sociales y posibilitan una inversión empresarial que genere empleo de calidad. El momento de la discusión estatutaria es malo. Partidos del Gobierno y oposición están más enfrentados que nunca. Se lleva la pedrada en la ceja. No hay lugar para el consenso. Con ETA y sin ETA son tiempos de confrontación en los que vale todo. No podemos esperar que los dirigentes políticos del PP gallego se desmarquen de tal situación. Han optado por apretar filas y vetar cualquier atisbo que insinúe algo más que Galicia-región. Esta conducta del primer partido gallego favorecerá al BNG, que se queda como garante de la autonomía para defender el sentimiento de galleguidad, incluso haciendo un esfuerzo de aproximación por el que olvidan planteamientos radicales propios del nacionalismo de otros tiempos y lugares. Revisar la posición de Galicia en el Estado debe ser cuestión de la reforma, precisamente por la tendencia a la asimetría. Dotar a Galicia de los instrumentos que permitan superar la deuda histórica es indispensable. Hacer de la nueva norma un punto de encuentro para la sociedad gallega del siglo XXI es deber inexcusable. Si todo ello requiere de más negociación y aplazamientos en el calendario previsto, será una señal de prudencia al servicio de la vocación para hacer país real con instituciones que no generen frustraciones en sus ciudadanos. Añádase la espera de las resoluciones del Tribunal Constitucional por el Estatuto catalán que sentarán límites identitarios y competenciales de obligado cumplimiento. No tengamos complejos. Pensemos en gallego. Hagamos menos política y más sociedad.