PARA MÍ que en este país hay más suspicaces y descreídos que españoles apuntados en la lista del paro, bastantes más que inmigrantes legalizados y sin legalizar; es aquel un colectivo más nutrido que el de los mileuristas y los que están por debajo de ese rasero, e incluso es probable que superen a los asesores de todas las Administraciones juntos, que ya es decir. Basta mirar en derredor y al observar que si el Supremo considera a los satélites de ETA terroristas, son legión los que se preguntan cómo las mismas mesnadas de Jarrai, Haika y Segi podían ser consideradas solamente asociaciones ilícitas por la Audiencia Nacional, hace año y medio. Suspicaces que no paran de rascarse son los que no se explican por qué se detiene a un alcalde andaluz, teóricamente a mano, accesible en todo momento, casi casi cuando estaba reunido a pan y manteles con Rajoy. O cómo es posible que el mismo prestigioso arquitecto internacional que hace poco consideraba que su proyecto de Gaiás era poco más que un mausoleo, ahora, sin que se conozca que medien cambios cualitativamente sustanciosos, le parece poco menos que la octava maravilla. Y si se ponen tachas desde la Xunta al Plan Xeral de Ordenación Municipal de Vigo en plena campaña preelectoral, como estamos, hay quienes se cabrean porque estiman que le quitan malintencionadamente una baza electoral a Corina Porro, y otros se alegran por el beneficio para el candidato socialista. ¿Es lógico, acaso, que la suspicacia, el recelo, aparezca ante la inmensa mayoría de las acciones políticas, judiciales, policiales, sindicales y un largo etcétera? ¿Es natural que el descreimiento, el escepticismo haga acto de presencia ante cualquier movimiento de las mismas u otras instancias? Lo cierto es que a los grandes líderes del país debería inquietarles que casi nadie se crea ya que las decisiones se toman por razones de justicia o raciocinio, sino que es inevitable el gato encerrado, y los maullidos se oyen en el quinto pino.