NO hace falta ser Stiglitz, premio Nobel de Economía y experto en globalización, para saber que entre los sectores a los que hoy se debería dar prioridad en Galicia figuran la industria de recursos marítimos; la industria de los derivados forestales y la industria energética. En esos campos hubo emprendedores gallegos que, a pesar de nuestra condición periférica, en un contexto político de luchas civiles, con escaso bagaje ilustrado y en un marco de despegue tardío, fueron capaces de erigir bastiones de desarrollo industrial imprescindibles para que Galicia no se haya estancado, ni quedase -despoblada- fuera la historia. Después vinieron otros rompedores de teóricos imposibles, como los que desarrollaron el textil, que según enfoques academicistas sólo podría tener lugar en Cataluña, París o Italia. Y conserveros audaces que faenaron por aguas lejanas; y financieros sin complejos; y pequeños y medianos empresarios que rompieron moldes en todas las ramas. Nada ha seguido la pauta de los modelos económicos políticamente correctos de los santones del país. Pero la inercia del galleguismo teórico y del progresismo político ha seguido obstruyendo la acción pública y colectiva. Esa es la explicación de por qué hoy el bipartito adopta sistemáticamente decisiones perjudiciales para los cimientos emblemáticos del tejido productivo. Primero frenaron el desarrollo forestal y recelaron de la industria de pasta y papel. «Celulosas no», dijeron; y seguimos perdiendo oportunidades de completar los ciclos, viendo cómo se van a otras zonas y cómo nunca llegaremos a ser ese bastión forestal de manual. Después le tocó a la energía, mirada con recelo, a la que se la ve como fuente impositiva, como base del canon miope, como sector de uso autárquico y populista. Así nos hemos convertido en una comunidad hostil a un sector estratégico de la modernidad, fuera de los grandes esquemas europeos. Y encima, novia desairada de la legislación estatal del Gobierno amigo. El último traspié saltó en acuicultura, con una de las principales empresas del mundo, de origen y sede gallegos, que se ha ido a Portugal con su proyecto estrella, porque aquí no se lo encaja en el área más deprimida del litoral, en la costa da Morte. Es lo que pasa cuando se entiende la sociedad en clave de lucha de clases o en modelo de colonialismo o autocolonización. Se acaba yendo contra los emprendedores propios, contra los supuestamente malos porque han tenido éxito. Y se piensa que lo han tenido a costa de los demás. Es el error más grave. Obviamente nadie es un ángel, la vida es competitiva y dura; muchos empresarios han abusado -y abusan-, pero también promueven aquí resistiendo la competencia externa. Sepárese la paja del grano, afílese el pensamiento estratégico, mírese el contexto global y negóciese con exigencia competente. Pero no se deje escapar ningún proyecto que genere prosperidad y promesa de futuro para cualquier zona o grupo humano de Galicia.