Memoria educativa centenaria

| MANUEL MENOR CURRÁS |

OPINIÓN

¿EN CUÁNTAS cosas nos ha pillado el Alzheimer? En el recordatorio oficial último de esta enfermedad, Sanidad cifraba en 440.000 los señalados con este estigma. Los familiares, sin embargo, hablaban de más del doble y con carencias de todo tipo. En lo educativo, también existe esta patología. Hace poco, con motivo de la conmemoración fundacional de un instituto de enseñanza secundaria, un grupo amnésico se empeñó en hacer tábula rasa de los primeros orígenes y de su posterior secuencia republicana, para lustrar el quehacer del centro desde 1939. A quienes quisieron recordar la historia sin mutilaciones les replicaron que había que «ser tolerantes». Otros hubo, poseedores de un relato único, que los insultaron sin más. Este centro público había sido creado por la Junta de Ampliación de Estudios, como fórmula práctica «para reformar la enseñanza de otro modo que publicando planes de estudios». Se cumple ahora el centenario de esta institución, creada por real decreto de 11 de enero de 1907. De su fecundidad ilustre dan fe los pioneros centros de investigación, residencias de estudiantes, becas para el exterior, proyectos docentes y un elenco de investigadores de rango científico internacional, que generó hasta el final de la Guerra Civil. Como asimismo el que, terminada ésta, su patrimonio, objetivos y trayectoria fueran reorientados a través del CSIC, previa depuración autoritaria. Es buena ocasión para la memoria de lo mejor -la edad de plata - de nuestra historia educativa, cultural y científica... Sería inexcusable el Alzheimer. Y deseable es que no haya que forrar las neuronas de mucha tolerancia ante quienes nos cuenten por qué lo más granado de aquellos investigadores y docentes junteros, si no tuvo que exiliarse, fue sometido a una degradación social inquisitorial. O si se adentran en la función sustitutoria del CSIC respecto a las cátedras universitarias que se fueron convocando después de la depuración. Es sabido que en toda conmemoración se trasluce más el presente que el pasado. Ha acontecido incluso con las de Mozart. Podría, pues, ser buena ocasión para conocer cómo -desmantelada aquella Junta- se fue construyendo, durante casi dos generaciones, un aparentemente sólido relato acerca de España y lo español a cargo de otras voces victoriosas. Nadie exija probar si sus libros arden bien o mal, como los que han suscitado la atención de Manolo Rivas. Sólo vea si se compadecen con la pretensión de tener la exclusiva de la verdad. Debiera crearse un museo o centro documental donde la memoria educativa de estos cien años pasados pudiera sostenerse: con todos los libros, todos los datos y todos los nombres. Para que convivieran, rescatados de la hoguera del olvido, y que cualquier ciudadano pudiera consultar en directo -sin selección desinformativa- qué se hizo y qué se dijo -quién lo hizo y quién lo dijo-, en cada momento, acerca de este mundo de la educación de todos. Se evitarían prejuicios estériles y ganaríamos en mayoría de edad ciudadana.