EL BARÓMETRO de otoño al que se refería este periódico el pasado 20 de noviembre dejaba claro que «los problemas relacionados con el tráfico y el transporte urbano son los que mas preocupan a la población de las ocho principales ciudades gallegas». Dicho esto, recordamos que -también en La Voz de Galicia- se publicaba el pasado 18 de julio un artículo de Danuta Hübner, comisaria de Política Regional de la UE, titulado Una política para la ciudad, que trata de la necesidad de «solucionar los retos sociales y medioambientales a los que nos enfrentamos». El aspecto chocante del comentario está en el hecho de que, en la enumeración de problemas de los centros urbanos, la referencia a los que el tráfico genera es tan leve que no pasa de señalar la necesidad de «reforzar el atractivo de las ciudades en términos de transporte». Claro que el tráfico urbano es cuestión álgida en la relación de dificultades de la vida ciudadana. La circulación de vehículos abruma, incomoda, se hace agobiante, contamina, es fuente de continuos incidentes y accidentes. El crecimiento incesante de los parques de automóviles en los centros urbanos no tiene tasas ni limitaciones, en tanto se hace imposible el proporcional crecimiento de viales que facilitasen el tráfico, como de áreas para la guarda de vehículos. A esa creciente masificación ha de añadirse el uso tantas veces innecesario del automóvil, cuya presión sobre el transporte colectivo dificulta su funcionalidad limitando las alternativas de lograr un régimen de circulación más fluido, mas ágil y -obviamente- más económico. Sirve decir que cualquier ciudad es hoy un generoso escenario de malos modos y de malos humores, de infracciones y hasta de violencias. La planificación del tráfico y los modos de transporte han cedido el espacio urbano al vehículo privado y así se ha llegado a un sistema de circulación con pies de barro. ¿Quién arregla todo esto? En cierto modo lo decía la precitada Danuta Hübner: la autoridad municipal con sus competencias.