DESDE el alto mando imperial en la guerra del Pacífico hasta Ho Chi Minh en la guerra del Vietnam, la estrategia y la táctica del invadido se perfiló como una misma y simple interrogante: ¿Hasta cuándo estaría la opinión pública americana dispuesta a admitir un número creciente de bajas en combate? Al tío Ho le salió bien con una cota máxima de 50.000 bajas. Al emperador del Japón, sujeto a los designios de una casta militar dispuesta a morir matando, le salió muy mal. Truman vio que, efectivamente, la escalada de bajas podía ser tremebunda antes de que los marines pisaran Tokio, y lanzó la bomba. Hay quien dice que las masacres nucleares de Hiroshima y Nagasaki evitaron la hecatombe de un Japón atrincherado en la negativa a rendirse y unos Estados Unidos dispuestos a admitir cuantas bajas fueran necesarias para erradicar la amenaza nipona sobre su costa occidental. Son historias distantes y de perspectiva no muy fácil para un ciudadano medio preocupado y entretenido por muy otras cosas, y bastante acostumbrado a que la guerra se haya convertido en una serie de conflictos locales hilvanados, más o menos, por los espasmos de un terrorismo cada vez más familiar. La retirada americana de Vietnam se vio decidida por una opinión pública maltrecha ante la ofensiva del Tet y la ocupación momentánea de la Embajada de los Estados Unidos en Saigón por fuerzas del Vietcong. El abandono de Somalia en 1993 se inició cuando la opinión pública americana vio la caída del helicóptero Black Hawk y la mutilación de varios cadáveres americanos. Aún no se ha visto nada semejante en Irak, donde una de las razones por las que la sensación de derrota se ha hecho tan ubicua tiene mucho que ver con la equivocación de quien se adelantó en anunciar de la victoria, así como en el desastroso error de quien supuso que una guerra en tierra extraña se hace sin infantería y sin un servicio de inteligencia medianamente plausible. Esas meteduras de pata de Bush y de su entonces secretario de Defensa Rumsfeld, hoy despedido, transformaron una euforia que nunca fue efervescente en un decaimiento directamente relacionado no tanto con el número de bajas americanas como con la ineluctable secuencia de unas actividades terroristas que no dejan de aterrorizar aunque sí de sorprender. Pero la opinión pública americana aún no ha alcanzado su cota máxima de bajas. Prueba de ello es que el partido demócrata tiene tantas ganas de abandonar Irak como de encontrar un motivo contundente para hacerlo y una fórmula honrosa y honorable de llevarlo a cabo, sin que la opinión pública le brinde una salida franca y rápida a ese brete.