TODOS los gallegos equivalemos a la población de Madrid. Pesamos poco y tenemos la menor tasa de natalidad de Europa, aunque vamos mejorando gracias a los inmigrantes. Hoy contamos con multinacionales made in Galicia -al menos mientras no las vendan todas-, pero no somos un coloso industrial. Económicamente estamos catalogados como renqueantes, según prueba el que nos mantienen los fondos europeos incluso tras la entrada de los modestos países del Este. Sin embargo, nadie duda de que Galicia es un lugar especial, un país que merece la pena. ¿Por qué? Porque tiene una cultura propia larga y valiosa (cuyo mejor rasgo, nunca bien valorado, quizá sea un sentido del humor sagaz e intransferible). Porque Galicia tiene agua, un bien que cada vez cotiza más alto. Porque es la reserva verde y forestal de la Península. Y sobre todo, porque tiene un litoral único, por su paisaje y por su riqueza. El modelo Sanxenxo es fácil de repetir. En cuatro años de alegrías podríamos sanxenxizar sin problemas Porto do Son, Laxe, Barreiros, Carnota, Fisterra... Los constructores serán felices. Las inmobilarias de Madrid encontrarán pastos vírgenes para su negocio tras haber levantado un muro que corre de Tarragona a Málaga. Los vecinos aplaudirán, pues la mayoría considerarán un exitazo empetar cartiños por una leiras que tenían paradas. Los alcaldes ganarán las elecciones, pues dejar hacer lo que le pete a cada cual, fumarse las leyes impopulares que exigen rigor urbanístico y duplicar el tamaño de tu pueblo aún da votos. Además, entre promoción y promoción, algo cae en el bolsillo de los ediles picarones. Si gana todo el mundo, ¿quién pierde? Galicia, que tapona su mejor valor por un calentón especulativo. Se puede construir con orden, ganando dinero y sin liquidar una costa única. ¿Marbella o Ibiza? Toca elegir. xto