Carnívoros

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

ESTE DIARIO daba cuenta días atrás de que los gallegos consumimos el doble de carne de vacuno que el resto de los españoles, unos quince kilos al año, y añadía la información -elaborada a partir del informe de Mercasa Alimentación en España 2006 - que, como no podría ser de otro modo, tenemos el récord hispánico en zamparnos las carnes del hermano cerdo. Hay un no sé qué de canibalismo en ambas actitudes alimentarias. La ternera gallega, la de Galicia calidade o no, es el tótem mágico, el icono litúrgico del país del millón de vacas, la foto fija de una geografía cinguida de verdores, soporte último de una economía rural. En Galicia, como en la India, la vaca es un animal sagrado. Por eso la antropofagia está más extendida de lo que parece, aunque se camufle en chuletones. Y qué decir del humilde cerdo celta, que a través de los siglos fue evolucionando a la par que nosotros como pueblo. Hasta los andares, asegura el refrán popular, y si es bien seguro que el percebe es el mejor amigo del hombre, yo sostengo que el hermano cerdo se parece en demasía al ser humano. Estudios científicos recientes han confirmado mi sospecha. Y pronto los cerdos transgénicos nos salvarán la vida, tanto como antes nos evitaron el hambre. Marisco, los gallegos consumimos poco. Es frecuente que los moluscos y demás especies sean rechazados por las gentes de la mar que siguen reivindicando las costilletas frente al centollo. Y una leyenda costera sostiene que fue un guiri madrileño hambriento y al borde de la inanición el primero en engullir una nécora. El cuento termina invariablemente con un «moita fame tiña que ter». Y qué me dicen del pulpo. Constituye uno de los muchos rasgos exóticos de nuestro comportamiento culinario la afición desmedida a la cefalodopofilia. Somos una potencia comiendo pulpo, con Lugo capital a la cabeza. El pulpo á feira es tan exportable como la pizza de los italianos. Este animal debería figurar en el escudo de Galicia. Y a comedores de patacas, aunque sea una culta referencia a un cuadro holandés exhumado por Rivas, no hay quien nos gane, y junto a ese récord sumamos los pimientos de Padrón e incluso los grelos, ambos alimentos autóctonos que forman la parte verde, el componente vegetal de la dieta finistérrica, que se impone en mi país frente a la mediterránea y demás zarandajas cardiovasculares. Y no puedo evitar volver al vacuno, y a partir de ahora, cuando contemple la mirada acuosa y profundamente socialdemócrata de una vaca gallega pastando en cualquiera de los prados que bordean la carretera, voy a sentirme un buen salvaje que despierta su canibalismo semanal con una ración de carne al caldero, un entrecot poco hecho o un humilde filete empanado. No me extraña que como venganza histórica se volvieran locas.