LA CENIZA y el lodo arrastrados por las riadas desde los montes incendiados están escribiendo sobre bancos marisqueros, calles y casas la necesidad ineludible de definir un modelo forestal que arranque del abandono centenares de hectáreas de suelo gallego. La tarea es tan compleja como urgente. Uno de los primeros obstáculos será cómo actuar sobre parcelas sin dueño conocido o que pertenecen a un variado conjunto de herederos desparramados por diferentes ciudades, que solo mantienen con esas tierras un difuso vínculo sentimental y entre cuyas prioridades no figura ni la limpieza ni, mucho menos, la explotación racional de esos montes. Además de remover estos obstáculos, la búsqueda de rentabilidad pasará en gran parte por la producción y comercialización de madera. Un planteamiento tan elemental nos lleva a la perogrullesca conclusión de que en Galicia debe haber industrias transformadoras. Y las de celulosa y papel son grandes consumidoras. Decidir si debemos limitarnos a exportar materia prima o queremos transformarla, no solo en celulosa sino en producto terminado, será una de las tareas de quienes tengan que dotar a Galicia de un modelo forestal. Todo está relacionado. Hasta las riadas y el futuro de la planta de Ence.