ÉL (de media edad): De nueve a dos. Y de cuatro a nueve. O a nueve y media. Todos los días. Siempre en el trabajo. El primero en la oficina. A sus órdenes. Ya envié esos correos electrónicos. Ya hice las fotocopias. Ya hice las llamadas. La mesa recogida. Los clips en su cajita, ordenados por colores. El fixo con una marca para saber dónde quedó la punta. La boca del pegamento cerrada como la de la cara. El ordenador, con un filtro ocular. Para quedarse ciego poco a poco. La silla reclinable, para que la hernia discal haga mella poco a poco. Nunca una palabra sobre otra. Nunca una risa más alta que otra. Nunca un mal gesto. Siempre el más disciplinado. Ella, su mujer (de edad media): Tira de dos críos y lleva otro en la barriga. La cena todavía por hacer. Tiene que bañarlos. No se puede olvidar del medicamento del pequeño. Los niños vienen acelerados del cumpleaños de su amiguita Sara. Los niños traen las caras pintadas. La niña de princesa, claro. De princesa, de corazones. El niño, de pirata, por supuesto. Con un parche falso, en un ojo. Ella dejó el trabajo para cuidar de los niños. Y se arrepiente cada noche cuando recoge los pedazos de su alma del suelo. Los chavales: Nunca agradecerán lo suficiente lo ordenado que era su padre en el trabajo, siempre el primero. Y cómo su madre se apagó en vida, como una cerilla, vista y no vista, para que ?ellos creciesen sanos y salvos. Y tuviesen todos los juguetes. También el cuentacuentos Wilfo, la Barbie, el castillo de Blancanieves... La casa llena de juguetes, que casi no usan. Los niños reciben todo el cariño para que no les pase nunca nada malo. No eran pícaros. Eran vampiros. Que bebían la sangre de sus padres. Cada noche, mientras hacían que dormían. Como santiños. cesar.casal@lavoz.es