Bono, humano al fin

LUÍS VENTOSO

OPINIÓN

RECONOZCAMOS que Bono -el de U2, que no el castizo- nos tenía algo acomplejados. En comparación con el emotivo cantante y ejemplar filántropo resultaba difícil no sentirse pasivo, insensible y cicatero. Las caridades de la gente normal, la que suda para cuadrar el mes y pagar la mordida hipotecaria, parecen bagatelas frente a los esfuerzos humanitarios de Bono. Para echar una mano, los de a pie pillamos unos clínex en el semáforo. Pero Bono se reúne con Bush, se hace un par de fotos en Davos y anuncia en Vanity Fair que va a salvar a media África. Si tú echas unas perras en el cepillo de una iglesia, Bono va y organiza en Hyde Park un concierto benéfico y televisado urbi et orbi . Cuando te crees un pequeño héroe porque te has hecho socio de una oenegé, Bono se asoma a la tele y te desborda otra vez: ahí está el Gandhi irlandés, pasándoselo de traca en Manhattan, de copas en un desfile caritativo junto a unas chavalas imposibles. Y tu aquí, de pringuis con tu cuota anónima de Intermón. Cierto que Bono, hijo de Dublín, vivía apalancado en una mansión de la Costa Azul. Pero ese lapsus de boato galo no bastaba para frenar su proceso de beatificación social. Sin embargo, ahora Bono se muestra al fin fieramente humano. Aunque su grupo empeta 110 millones de euros al año, ha decidido convertirse en prófugo fiscal de Irlanda y situará la sede de sus negocios en Holanda, país de tributos más suaves. Filántropo, sí... pero a vaquiña polo que vale. Con todo, salvemos a Bono. Al menos él intenta aguijonear las conciencias y echa una mano. Algo que no hace ninguno de nuestros patrióticos tenistas de élite, vecinos de Andorra, Montecarlo, Ginebra...