La vivienda de los jóvenes

OPINIÓN

LA GENERACIÓN de los mil euros no puede acceder a un hogar propio. Las encuestas señalan al problema de la vivienda como primera cuestión de interés social. Pero la clase política se muestra ocupada con la reforma de los estatutos de autonomía. Señal inequívoca del distanciamiento entre el trabajo de los representantes de los ciudadanos y las demandas de éstos. A la misma hora, en informativos de máxima audiencia, se habla de la ciudad del golf, de la ciudad del vino, de la ciudad de la cultura. Seguro que son proyectos ilusionantes para sus mentores, incluso puede que contribuyan a mejorar el tejido económico del territorio donde se asientan; pero choca el contraste entre el país oficial y el de los paisanos. En Barcelona iba a celebrarse la cumbre de los máximos responsables europeos de la política de vivienda. Se suspende por miedo a las revueltas juveniles antisistema. El responsable de la seguridad nacional no quiere altercados en pleno ambiente preelectoral. Supongo que el recuerdo de los incidentes juveniles en las calles de París permanece en la retina del Gobierno. Mientras, los tipos de interés que operan sobre los créditos hipotecarios se han disparado hiriendo de gravedad a las economías más sensibles para hacer frente cada mes al recibo del crédito para la vivienda. Algunos no podrán pagar, o tendrán que renunciar a lo poco que les quedaba de calidad de vida en una sociedad de consumo donde el lujo y el gasto público en obras faraónicas constituyen una carrera con premio a la imaginación. Sus señorías y sus partidos están ocupados tratando de sortear los límites del Tribunal Constitucional sobre si somos nación de naciones o sólo país de ciudadanos con una lista de derechos a los que, como a la verdad, sólo se llega por aproximación. La versión gallega del problema de la vivienda tuvo un modesto espacio en el debate del primer año de cambio. Año en el que el asalto al territorio y la subida de los precios de las viviendas se han disparado de forma desproporcionada con la capacidad adquisitiva de nuestros jóvenes, que son los que no tienen casa, ganan poco y no disfrutan de la seguridad del empleo estable. Ya no es solución irse a vivir al pueblo. Hasta aquí han llegado los ladrilleros. Se han puesto manos a la obra de construir segundas y terceras viviendas para las clases acomodadas. Nadie los detiene. Todos sacan tajada. ¿Qué hacer?