HACE mas de veinte años que cada mes de octubre acudo a la feria del libro que se celebra en Fráncfort. Sigo viendo por los pasillos del hall seis del sexto pabellón, donde se ubican los editores españoles, italianos e iberoamericanos, a Carlos Casares buscando a Saramago como si fuera ayer mismo. Es una ausencia inevitable. Carlos sigue vivo en las imágenes borrosas de mi retina y en el archivo de afectos de mi corazón. La feria sigue imparable su carrera de convertirse en una feria de las vanidades, un lugar para ver y ser visto. Existe todo un ritual nocturno, una feria que nace cuando se cierran las puertas de los pabellones y que consiste en dejarse caer por el solemne y decadente lobby del hotel Frankfurter Hof, donde acampan a partir de las doce de la noche la gente guapa de la edición internacional y algunos de los autores míticos del universo mundial de las letras. Es territorio propicio para italianos y editores franceses. Los anglosajones guardan antigua fidelidad a los bares del Meridien y son más tempraneros. Después, para los que hacemos de la noche la más deseable y hospitalaria de las estaciones, encontramos refugio en las cavas de jazz o en el canalla y entrañable Jimmys,un bar de copas que gobierna Andrés. Lugar muy dado a las confidencias y perversos chismes y rumores entre las penúltimas copas de la gaya tropa del mundo de los libros. Hace algún tiempo que Internet hirió de muerte a las ferias de libro, punto de encuentro de agentes literarios con pocos manuscritos novedosos en las carpetas del correo electrónico, que van repitiendo que nada hay nuevo bajo el sol editorial. Y uno, que es un sentimental, se dejó caer por el pabellón de Francia, buscando encontrarse con nuevas ediciones de Madame Bovary, que está de cumplesiglos -150 años-, y me vi sumergido en un océano de libros basura, de fast book , lleno de manuales de autoayuda, recetas de cómo conseguir ser feliz en doscientas paginas y aventuras templarias en busca de griales santos y códigos enmascarados. Por ahí sigue yendo la industria, qué le vamos a hacer, quizás tengan razón y los equivocados seamos los que amamos patológicamente la literatura y deseamos encontrarnos en una esquina con Leopoldo Bloom para que nos lea unas páginas del Ulises . Pero no fue así. Fráncfort, más que un escaparate de todos los libros, más que una Babel, con los catalanes de invitados próximos de un país que tiene una lengua sin Estado, y acaso los mejores escritores que desde Cataluña escriben en castellano, es un espejo donde la tribu editorial viaja en peregrinación anual para verse, otra vez, el ombligo.