La cultura en recinto


LA CIDADE da Cultura va, aunque no sabemos adónde. Sus edificios nunca servirán a la cultura que necesitamos: la que permite hacer la declaración de la renta sin pensar que te están robando, la que nos salvaría de la ruinosa ignorancia, la que impulse a los adolescentes a interesarse por aprender, la que no tienen el dueño del perro de Aguiño ni su enemigo el veterinario si es cierto que se dedicaba a mover marcos. Esa es una cultura que tiene que extenderse por aspersión, como un riego, y no encerrarse para mirar para ella con la boca abierta. El recinto, ya que lo hay, que se amuralle bien y se convierta en una cárcel, la cárcel de papel que había en La Codorniz , y vayan a pasar allí temporadas, entre libros y eruditos, el dueño del perro de Aguiño y su enemigo, los que te pitan por detrás si paras en un semáforo en ámbar, Tojeiro el de Cariño y tantos otros incultos convencidos que nos han llevado a creer que para la cultura que no tenemos hacía falta una ciudad nueva.

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