EL PRESTIGE probó que aquí hay una ciudadanía capaz de moverse por Galicia. Pero hemos corrido un púdico velo sobre la verdad completa de aquella historia. Lo que nunca se cuenta es que en muchas zonas contaminadas los vecinos veían desde la barandilla del muelle cómo curraban los de fuera, y en otras, se felicitaban de los ingresos extra que les reportaba la marea negra. Aunque vamos mejorando, nuestro extremo individualismo hace que parte de Galicia sea un país de ácratas: construimos donde nos peta, conducimos a nuestra bola, evacuamos los purines y lixiviados a la brava, plantamos árboles de dinero rápido (y fuego fácil) y nuestro interés por la comunidad acaba donde termina el valado de nuestra leira. La pobreza del siglo XIX y el gran éxodo han marcado nuestra psicología: somos un país de sálvese quien pueda, donde cuesta sentir lo ajeno como parte del bien común. Si los montes de A Mariña casi no arden y los del Barbanza se abrasan cada verano, quizá habrá que empezar a buscar responsabilidades en los vecinos. Si el nuevo carné de puntos reduce los accidentes en toda España menos en Galicia, algo de culpa tendrá nuestra forma de conducir. La catástrofe incendiaria trae preguntas: ¿Cuántos de los incendiarios detenidos el año pasado fueron a la cárcel? ¿Por qué el Ejército se limita a evacuar gente y no apaga fuegos cuando ha muerto un vecino de 74 años peleando contra las llamas? ¿Tendrá algo que ver el bum inmobiliario que vivimos con los incendios provocados en algunas de las zonas más codiciadas de Galicia (O Morrazo, el cinturón de Santiago, Muros)? ¿Cómo habría reaccionado el Gobierno si Madrid sufriese 90 incendios forestales en un día? Hay dos Galicias: una que se deja la vida apagando el fuego y otra que lo prende. Nos toca empujar a todos para que en las próximas horas gane la buena.