SIN REPARAR en las capacidades de Galicia, Fraga soñó con instalarse en la historia mediante un coloso de cristal y hormigón. En 1997, anunció una Ciudad de la Cultura en Santiago. En un primer esbozo se habló de una biblioteca, salas museísticas y archivos documentales. Sería «un icono de Galicia» y costaría 18.000 millones de pesetas. Justo en aquel año, Europa asistía fascinada al efecto Guggenheim. Con una inversión de 23.000 millones, Bilbao se había dotado de un edificio capaz de erigirse por sí solo en polo de atracción. Galicia también se merecía su Guggenheim (a mayor gloria del presidente). Pero los proyectos eran muy dispares. El Guggenheim, enraizado en la médula de su urbe, animó una formidable cirugía urbanística que reinventó Bilbao. Mientras, en Galicia se había comenzado a fabricar un zapato sin saber el número de pie. En 1999, Peter Eisenman gana el concurso de ideas. El arquitecto es un gran teórico, pero con poca obra tangible. Otro equipo habrá de hacer realidad sus planos. Y el precio se va disparando. De 132 millones de euros previstos (21.000 millones de pesetas) se ha llegado a 373 millones (casi 60.000 millones de pesetas, el 40% de un AVE Vigo-A Coruña). Para pagar a escote la Ciudad de la Cultura, cada gallego tendría que abonar 138 euros. Hoy, el coloso ya emerge del subsuelo, pero en lo esencial seguimos en cueros: ¿para qué sirve el edificio más caro de Galicia? La Xunta convoca a consultores, pero sus soluciones apuntan a pompas bien pensantes, tipo el Fórum de Barcelona, y en Galicia ya hay superávit de «contenedores culturales» vacíos. El bipartito no ha aportado aún una salida al laberinto. Y el sentido común da un aviso: Galicia, hambrienta de industria productiva, no puede gastarse 373 millones en un palacio para juegos florales.