LAS RECIENTES elecciones presidenciales celebradas en México se han saldado -a la espera del proceso de impugnaciones- con un resultado inesperado, pero semejante a otros que, en los últimos años, se dieron en países y circunstancias muy diversas: casi un empate entre las dos fuerzas políticas mayoritarias. En la estela de la mínima victoria de Bush en las elecciones norteamericanas del 2000, esa rara tendencia se ha reproducido recientemente en países tan significados como Alemania o Italia (y, por cierto, también en Galicia). Tal coincidencia podría considerarse meramente casual, pero también se puede ver en ello el fruto de una creciente polarización en muchas sociedades modernas, sobre todo si se tiene en cuenta que los casi empates se producen entre partidos o coaliciones muy identificados en la izquierda y la derecha políticas (una paradoja más en tiempos de fin de la historia). Pero lo más interesante es observar el escenario político a que tales resultados electorales por lo general han dado paso: los vencedores por la mínima vieron consolidadas muy rápidamente sus nuevas posiciones de gobierno. Tal cosa no ha ocurrido sólo en países de régimen presidencial, donde por definición, quien gana, gana, y a otra cosa. También en sistemas parlamentarios tan complejos como el alemán o el italiano, pese a sus diferencias, sucedió algo parecido. En Alemania, la dinámica política del gobierno de gran coalición ha consolidado el liderazgo de la canciller Merkel, y en Italia, el resultado milagrosamente ajustado de las elecciones generales se ha ampliado notable y progresivamente en las dos citas posteriores con las urnas, también a favor del Gobierno Prodi. ¿Por qué las opiniones públicas premian en tales circunstancias a los gobiernos y castigan a su oposición? Pues porque existe un amplio temor a que la política embarranque en las aguas turbias del statu quo, lo cual sería una consecuencia esperable de la persistencia del empate. Si de algo escapan sectores importantes del electorado es de gobiernos débiles, incapaces de avanzar hacia las imprescindibles reformas. Y al hablar de reformas, cabe destacar no sólo las económicas, muy publicitadas, relativas a los sistemas de impuestos, la seguridad social o la formación de capital humano (necesarias sin duda en los países mencionados y en otros muchos), sino también a otras más profundas, que conciernen a instituciones básicas como la judicatura o los mecanismos para la efectiva rendición de cuentas de los gobiernos. Un modesto consejo para políticos que experimenten dulces derrotas: disfruta de la supuesta dulzura del momento, que el sabor a hiel no tardará mucho en llegar.