LA MISA dominical de doce era incuestionablemente el acto más emblemático de lo que cada uno era en el poblado. Se podía aparecer más o menos afiliado al grupo conservador o sujeto a la disciplina del partido liberal, pero la misa de doce no se podía desarraigar, no ya de las costumbres heredadas sino de una especie como de condición adquirida desde la nacencia y el bautismo hasta la muerte. Y el español de cualquiera de sus diversos territorios, andaluces, castellanos, catalanes o valencianos, asistía los domingos a misa, unas veces en la compañía siempre obligada de la esposa, y otra, adelantando la cita, con los niños. En España, se entendía que cabía ser ateo, gracias a Dios, y que muy bien cabía la extravagancia de este o de aquel vecino que siendo un liberalote de la cáscara amarga, no perdía una misa. Y se apañaba en explicar el fenómeno, asegurando que pese a todo, él no cabía de su condición de ciudadano español, dotado de todas las características que han hecho de este espécimen humano, un motivo de estudio científico. Lo que ya no entraba en el programa teológico del común era lo de intentar convencer a quien dialogaba con él de que se podía permanecer como se era desde los principios hasta el fin de todos sus días, sin incurrir en ninguna forma de herejía. El ser de una o de otra forma de entender la religión y sus condicionamientos era, en resumidas cuentas, cuestión biológica: se nacía católico si el parto se producía en territorio español, como se adquiría la consideración de islámico de los de Alá y Mahoma si el suceso se producía en Túnez o en Casablanca. Con motivo de la reciente visita del Papa Benedicto XVI a la ciudad de Valencia para reanudar la catequesis sobre la familia y, consecuentemente, sobre el matrimonio ineludible, se produjo un suceso que de alguna manera cubrió una parte muy importante e intensa de los actos programados: El señor presidente del Gobierno de España no acudió a la misa solemne que el Padre Santo de Roma celebraba. Y este hecho produjo escándalo. Y lo digo yo, con perdón, que conviene que cada vez que se produce un hecho de análoga trascendencia, sea éste religioso, político, cultural o social, se permita que el personal acuda o no a los actos programados, y diría que hasta incluso convendría que el ciudadano, democráticamente, pudiera producirse de acuerdo no ya con sus convicciones heredadas, sino con las exigencias del protocolo. Un hombre público, aparte las obligaciones inherentes a su condición política, no debe convertirse en un adorno institucional, ni una religión, sea ésta la que fuere en una ley de obligado cumplimiento. Existe una forma de cumplir con la ortodoxia político-social frente a exigencias de grado mayor, que es la correcta comunicación entre seres civilizados y libres. Y conste que no me siento en nada obligado a defender la ausencia del presidente de la misa general a favor de la especial doctrina de la familia, sino que intento una interpretación correcta del espíritu de libertad que debe ser derivación de la libertad.