Corea del Norte

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

COREA del Norte es lo más parecido a una monarquía estalinista, o todo lo que a semejante híbrido podría parecerse la primera y única dictadura comunista hereditaria de la historia. Eso quiere decir que fuera del monarca, del dictador, del Supremo y de una nomenclatura cortesana, el resto del país se muere de hambre. Hace más de medio siglo, cuando Washington y Moscú definían un mundo bipolar y la vida se llamaba guerra fría, las naciones satélites de cada uno de los bloques enfrentados aprendieron con rapidez a chantajear a la potencia hegemónica respectiva, y a ganarse así un lugar entre sus iguales, a los que, a veces, no dudaron en traicionar o en poner en muy duros bretes. Es lo que hicieron Tito y De Gaulle en Europa, así como un buen número de líderes subalternos de Oriente y Occidente y desde Vietnam hasta Guatemala. Fue siempre un modo de autopromoción en el que el autopromovido se crecía tirándose de los pelos y bien envuelto en su bandera para que sus compatriotas asumieran esa presunta grandeza como el mérito del hambre que estaban pasando (sin hablar de otras carencias). Tanta prestidigitación conducía, en ocasiones, a trampas casi mortales, como fue el caso de la crisis de los misiles en Cuba a principios de los años sesenta, de la que Castro salió con una carta blanca que todavía le dura. Corea del Norte busca algo parecido. Su táctica es la bravata, porque su estrategia no puede ser la guerra. Su población es una humanidad famélica. Su ejército, una tecnología similar a la de un dinosaurio dotado de telefonía móvil, con una fecha de caducidad que se podría contar en segundos. Su líder, Kim Il Jung -un enfermo nutrido de autocomplacencias y viciado en un culto a la personalidad que ha hecho de él un doctor en autocontemplaciones- no tiene un pelo de suicida. Más bien todo lo contrario. Sabe que su supervivencia es una función de su capacidad para huir hacia delante, y otra capacidad no tiene. Él sólo quiere una mesa de negociación bilateral con Estados Unidos. No pretende otra cosa que el carisma supuesto y bastante previsible del que se vería revestido en el caso de que Estados Unidos accediera a encerrarse a solas con Corea del Norte. Es como la obsesión de un anciano mafioso enfermo de rituales y de espejos. Hay un tipo de poder cuya metáfora es siempre mafiosa.