¿Dónde estaba Dios?

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

05 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

UNA PREGUNTA mal hecha -¿dónde estaba Dios?- siempre tiene una mala respuesta. Y por eso tuvo mucha suerte el arzobispo de Valencia cuando recurrió a tan inconveniente retórica. Porque bien pudieron abrirse los cielos y darle cumplida respuesta: Dios está en Irak, en las hambrunas de Etiopía, en las matanzas de Liberia, en las cárceles de Afganistán y Guantánamo, en las barriadas de Bogotá o Sao Paulo, con los mil náufragos de las pateras y cayucos, con los que sufren las epidemias del sida y otras enfermedades, con los muertos del terrorismo, y en los entierros de los cientos de niños que mueren a diario desnutridos o tiroteados por escuadrones de la muerte. Cuando el Papa hizo en Auschwitz la misma pregunta, no estaba interpelando a Dios, sino a la humanidad, para llamar la atención sobre la desmesura de una maldad inabarcable e incomprensible, que destruye nuestra conciencia ética, y que exige, por ello, respuestas trascendentes. Pero el accidente de Valencia -tremendo en sus dimensiones- en modo alguno nos habla del principio del mal, ni de sus explicaciones, sino de una curva mal hecha y mal tomada y de un sistema de seguridad insuficiente. Y por eso estoy convencido de que, en vez de hacerle preguntas a Dios, hubiera sido más justo y eficiente dirigirse a los ingenieros de construcción y mantenimiento de las vías, o preguntarle a la gente por qué vota a gobiernos que amueblan la ciudad con costosas y superfluas obras de Calatrava mientras mantienen la línea 1 del metro en condiciones lamentables. Que los políticos cambien el concepto de muertos por el de víctimas, y se escuden detrás de homenajes y ceremonias que reparten y disimulan las responsabilidades, tiene cierta lógica. Pero los funerales se hacen por los muertos, no por las víctimas. Y en ese contexto no cabe interpelar al Dios que nos da y nos quita la vida, y que nos dejó bien advertidos de que nadie sabe «ni el día ni la hora». Tal como estamos haciendo las cosas, y bajo la apariencia de lo contrario, creo que estamos banalizando la muerte. Y lejos de distinguir la dimensión personal y comunitaria de los difuntos, construimos una especie de dolor oficializado y colectivo que confunde el heroísmo con la desgracia, la ejemplaridad con la mala suerte, el luto oficial con la cuantificación de los féretros, y la exhibición de sentimientos con la reparación de errores que deberían exigir fiscalización y responsabilidades claras. Es posible que yo sea muy raro. Pero al escuchar a García Gasco haciendo retórica facilona con el mismo Dios que predica, tuve la tremenda sensación de que, de acuerdo con el catecismo del padre Astete, había tomado el nombre de Dios en vano.