LO PREOCUPANTE no son los resultados del referéndum estatutario catalán que, como era de prever, han sido un éxito para todos (para los del sí , para los del no , para los de la abstención y para los que sólo querían enredar). Lo verdaderamente preocupante ha sido el déficit democrático que se ha respirado durante la campaña y que ha asomado en las actitudes de algunos ciudadanos, incluido Maragall con su discurso institucional fuera del tiempo reglamentado (¿qué le impidió pronunciarlo antes?) y, sobre todo, en la impunidad de los radicales violentos (nacionalistas o independentistas, según el día) a la hora de intentar reventar mítines del PP y de Ciutadans de Catalunya. Si Vidal-Quadras, el propio Rajoy o Arcadi Espada tienen que ser protegidos por los mossos d'esquadra cuando dan un mitin, es que algo falla en el fondo de una sociedad que se dice democrática. Y quizá falla lo más importante: que la democracia no se manifiesta debidamente consolidada (y por lo tanto pacífica) y que la anormalidad de los hechos se admite con sospechosa normalidad. No se trata de crear una alarma nueva (ya tenemos bastantes). Hablo de un déficit conocido y con el que estamos familiarizados en nuestra joven democracia. Lo hemos vivido en el País Vasco con cientos de ciudadanos con guardaespaldas y escoltas. Pero no es algo que deba tenerse indefinidamente por normal ni considerarse aceptable. Hay que decirlo claro: la pasividad es culpable, reprobable, cobarde y corruptora. Lo dijo, en versos inolvidables, Bertolt Brecht. Y lo simplificó la cantante contestataria Joan Baez: «La pasividad es lo peor». Y entre nosotros se ha impuesto una extraña modalidad de este mal: nos felicitamos porque hay menos robos cuando estos son mucho más violentos que antaño. El relativismo moral y político (ya sea en la negociación con la ilegalizada Batasuna o en el reparto del agua), puede llevarnos a mal puerto. La historia (y en particular la nuestra) ilustra sobre lo malo que es jugar con fuego. Se pueden combatir todas las ideas dentro de nuestro sistema democrático, pero no se puede apalear a otros en nombre de las propias. Los que traspasan esta línea roja son menos culpables que quienes se lo consienten. No se olvide.