Lee se presentó en Appomattox con el uniforme afrancesado e impoluto de un señorito de la guerra. Grant lo recibió manchado de barro y con el aspecto de un peón de brega. Eran la viva imagen de una guerra en la que ni el Sur acertó en lo que atacaba ni el Norte tuvo claro qué defendía.
08 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Si a las tercas emboscadas y a las arduas escaramuzas añadimos las batallas de dimensión más enconada en el tiempo y en el espacio, el resultado son 2.400 combates a lo largo de cuatro años por los bosques, los montes, las llanuras, los ríos y los mares de un país cuya unión se vio siempre en serias dudas por la actitud de cada nuevo estado a favor o en contra de la esclavitud. La guerra civil americana, que comenzó en 1861, había empezado dos años antes con los conflictos en Kansas entre esclavistas y abolicionistas, y con los golpes de mano del ejército de John Brown en Virginia a favor de la liberación de los esclavos. Tal fue el caldo del debate para una guerra que recibió tantos nombres cuantos fueron los modos y maneras de entender sus razones y propósitos: la guerra entre los Estados, la guerra de Rebelión, la de Secesión o la de la Independencia del Sur. Abraham Lincoln, abogado antiesclavista elegido presidente en abril de 1860, aseguró que era la supervivencia de la Unión la que podía verse en juego, sin nada que ver con la cuestión de la esclavitud. Pero los estados del Sur lo veían de otro modo y, mayormente, en el sentido en el que la esclavitud podía mantener un modo de vida aislado y señorial frente al auge populista de los estados del Norte industrial. Los motivos sociales, económicos, políticos y geográficos para el enfrentamiento alcanzaron su masa crítica en febrero de 1861, cuando la secesión de Carolina del Sur, Georgia, Florida, Alabama, Misisipi y Luisiana dio lugar a la Constitución de los Estados Confederados de América, con capital en Richmond y bajo la presidencia electa de Jefferson Davies. Las hostilidades se rompieron con el bombardeo de Fort Sumter, en el puerto de Charleston, y el general Robert E. Lee alcanzó una serie de victorias para la Confederación en Bull Run (julio de 1861), Fredericksburg (diciembre de 1862) y Chancellorsville (mayo de 1863), que se vinieron abajo con la victoria de la Unión en Gettysburg (julio de 1863). Ulises S. Grant, comandante en jefe de la Unión a partir de 1864, logró que Lee retrocediera sobre Richmond mientras Sherman atravesaba Tennessee y Georgia, bombardeaba Alabama y ocupaba Savannah tras una devastadora marcha de tierra quemada que dejó a la Confederación dividida y puesta en la suerte de las fuerzas que pudieron concentrarse en la central ferroviaria de Petersburg, Virginia. A la derrota de esas fuerzas confederadas en Petersburg siguió la caída de Richmond, y la extinción de cualquier tipo de esperanza para la Confederación y para Lee, que aceptó entonces la capitulación honrosa que Grant le ofreció en Appomattox, con la famosa cláusula por la que oficiales y soldados retendrían sus caballos para poder reemprender las labores del campo. Fue toda la dosis de honra. La guerra había sido larga y cruel, y no dio lugar a una paz en otros términos. El Sur acudió a aquel conflicto seducido por el honor y engañado por la gloria, mientras que el Norte lo hizo sin otro estímulo que la burda y vaga posibilidad de una expansión económica que la victoria le permitió llevar a cabo sin el menor escrúpulo.