LA METRÓPOLI necesita, antes que estatutos, ideas. Ideas potentes y un puñado de directrices estratégicas desarrolladas con liderazgo político y técnico. Metropolitanizarse -vaya verbo- no es una cuestión jurídica sobre la elección de un modelo administrativo, ni de planes estratégicos voluminosos que nadie va a leer, ni de invertir en la redacción de planes territoriales que luego no se ejecutan. Se trata, evidentemente, de satisfacer las nuevas necesidades colectivas que cada municipio por sí solo no es capaz de resolver y de poner orden en los servicios para conseguir un mejor funcionamiento, pero, sobre todo, de crear nuevas sinergias mediante la utilización inteligente de los instrumentos urbanísticos, de las inversiones y del capital humano: las mejores localizaciones, la mejor economía urbana, vinculada preferente a la empresa y a la universidad, y la implicación de los ciudadanos más dinámicos. Un ejemplo metropolitano en materia urbanística y económica. Las infraestructuras unen el territorio y la actividad humana o los segregan, van por delante para marcar líneas de crecimiento o van por detrás, como sutura de los conflictos urbanísticos; el suelo industrial visto desde una óptica metropolitana es uno, no el de cada municipio y su parque empresarial; la protección de los elementos geográficos y paisajísticos y la explotación del suelo y el mar desde el punto de vista agropecuario y pesquero, turístico y ambiental, no puede producirse en un ayuntamiento e ignorarse en el colindante. Es esencial vincular estos factores al planeamiento y a un nuevo dinamismo económico. Otra cuestión sobre la que no se habla es la fiscalidad desde la lealtad intermunicipal; la capital no puede sufrir tanta presión fiscal mientras sus satélites sean onerosos. Y podríamos seguir: el programa de viviendas protegidas debería promover su construcción donde hay tensión inmobiliaria, no donde no la hay. La relación entre los distintos espacios metropolitanos gallegos se realiza también a través de las inversiones y sus estrategias. Con esta premisa, es fácil advertir que la coordinación del sistema portuario y aeroportuario es un tema clave y que no se puede seguir yendo, como hasta ahora, cada uno por su lado. Similar importancia van a tener las futuras pautas de relación metropolitana que introducirá el AVE, el papel más dinámico de las metrópolis en el Eixo Atlántico, que sustituirá al «café para todos» de hoy en día, la autovía Transcantábrica y el enlace con Asturias, la relación entre el sistema universitario, la industria privada y los órganos de gobierno metropolitano... Una vez fijados los proyectos y los instrumentos, la gestión de la metrópoli debería bascular sobre el esfuerzo territorial. Esto significa que los municipios o áreas metropolitanas que cumplan objetivos de interés general en función de su perfil podrán aspirar a nuevas inversiones o en caso contrario, como sucede en el sistema europeo, verse en la necesidad de corregir su divergencia. Reordenar nuestro mapa territorial va a exigir a los urbanistas un ejercicio de imaginación, porque esta realidad sobrevenida ha roto con las propuestas del urbanismo académico. Si la meta es insertarse en la Europa atlántica en el marco global, corresponde a la Xunta un papel de fomento y coordinación que sustituya la política unilateral municipio a municipio por otra multilateral con las metrópolis-región.