HACE 65 AÑOS el noventayochista Azorín, después de un rápido viaje de Madrid a San Sebastián en un tren corto y lujoso, escribía que «el viaje a Galicia, a La Coruña, es otra cosa. Ya, antes de dirigirnos a la estación, nos han hecho múltiples prevenciones sobre su lentitud y desamparo. En la estación, a prima tarde, montamos en un tren largo, viejo y lóbrego; un tren que recuerda 1880, Romero Robledo, los primeros dramas de Echegaray, Frascuelo, Vico. Lentamente, comienza a andar el convoy; los coches van casi vacíos; en la soledad, en la lentitud y en el silencio, nos disponemos a meditar, a leer un libro o un periódico. Las horas van pasando, iguales y monótonas; nuestro cerebro está lleno de los tableteos, chirridos y estrépito de este tren arcaico y pausado». Renuncio a seguir la cita porque, a medida que la leo, constato que los males del pasado son los males del presente y que, en comparación con lo mucho que ha cambiado el mundo, poco han cambiado nuestras comunicaciones por vía férrea. Por ello brindo la referencia azoriniana y la consiguiente reflexión a la ministra de Fomento, al presidente de la Xunta y a todos nuestros gobernantes. Es posible que cada pueblo tenga lo que se merece -cosa que yo no creo-, pero ¿de verdad nos merecemos nosotros toda esa palabrería llena de demoras injustificadas y afirmaciones desmentidas por una realidad hoy tan tozuda como antaño? ¿De verdad fueron necesarios dos años para anular primero el trazado del AVE Santiago-Ourense por la mina de cuarzo de Serrabal y ahora decidir que el trazado aprobado por Cascos era el mejor y el que se va a llevar a cabo? ¿O sólo se trataba de ganar dos años de ahorros en unas inversiones tan necesarias? Tengo una tendencia natural a ver lo positivo de las cosas, pero en este enredo lo positivo se me escapa. Se siguen aprobando fechas de término que los propios expertos consideran imposibles, y pocos se creen ya alguna. ¿Apostarían nuestros políticos sus sueldos a que se van a cumplir todas esas fechas que aprueban y que anuncian en público? Ni se me ocurre pedírselo. Porque creo que ellos también saben la verdad. Que, de demora en demora... la cosa va para largo. ¡Y cómo me gustaría equivocarme!