DESDE ESTAS páginas hemos señalado varias veces lo que puede suceder dentro de tres o cuatro décadas. Es fácil comprobar la preocupación generalizada entre los países y organizaciones más industrializados por la distribución futura de las reservas de energía, sobre todo gas y petróleo. Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea, Japón y China están en plena discusión interna y externa para ver cómo aseguran la futura satisfacción de sus necesidades energéticas. De pronto, Moscú se ha revelado como el socio más apetecido por europeos, chinos y japoneses. Las disputas del gas y la electricidad señalan los síntomas de la crisis de la energía que aparece en el horizonte. El presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso, está tratando de convencer a los líderes europeos de que se necesita una política energética común que supere el egoísmo de cada país con la defensa a ultranza de sus intereses nacionales. El proyecto de política energética común europea contempla la elevación en 20 años de la energía importada por Europa del 50% al 70%. También prevé la obligación de que todos los países almacenen reservas energéticas y establece una red europea de distribución, cuyas infraestructuras se valoran en mil billones de euros para los próximos veinte años. Dentro de Europa, a nivel de países, en la reunión del Consejo en Bruselas se han formado dos frentes, los proteccionistas (España y Francia) y los que quieren el mercado libre (Italia, Alemania y Gran Bretaña). Así, todos los desacuerdos y egoísmos nacionales se reflejan en la imagen que ofrece la Europa de los veinticinco. Mientras que la economía mundial ha crecido un 4,5%, Europa presenta un pobre 1,5%. A los problemas demográficos, la crisis de los sistemas de bienestar y del mercado laboral, se suma ahora la crisis de la energía y todo ello está desplazando el interés económico de la zona atlántica al Pacífico asiático.