Cuando el hierro reinaba sobre el titanio

OPINIÓN

Construida para la Exposición Universal en conmemoración del centenario de la Revolución francesa, la torre Eiffel fue inaugurada el 31 de marzo de 1889. A pesar de las críticas severas de los parisinos y de los intelectuales franceses durante su construcción, la estructura metálica es hoy en día un símbolo visitado por 6 millones de personas al año.

30 mar 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

En el siglo XXI, las planchas de titanio del Guggenheim son el símbolo de la nueva arquitectura, de la era del high-tech y de las construcciones más vanguardistas. Hace poco más de cien años las cosas no eran muy distintas. Las grandes exposiciones internacionales del XIX difundían los progresos de la técnica y la industria y exigían tipologías inéditas. La revolución industrial, el progreso tecnológico, el desarrollo del comercio y la demanda cada vez mas creciente del mercado llevó, por un lado, al perfeccionamiento de los productos, y, por otro, a la estandarización y modulación que permitían las nuevas máquinas. El hierro se convirtió entonces en el material que cumplía con todos los requerimientos arquitectónicos: rápida construcción y gran resistencia, permitiendo grandes luces y mayores alturas. Fue el material emblemático de esta época de exaltación de las hazañas y poderío industrial del liberalismo económico. En este período, la arquitectura de la ingeniería convivió con el eclecticismo historicista, y el fruto de esta coexistencia se plasmó en tres campos: los puentes de hierro, las grandes cubiertas de hierro y cristal y las estructuras elevadas. Los tres edificios más significativos son el Palacio de Cristal, de Joseph Paxton, para la Exposición Universal de Londres de 1851; y la Galería de las Máquinas, de Dutert y Contamin, y la torre de Gustavo Eiffel, para la de París 1889. Eiffel (Dijon, 1832) fue quien llevó a la cúspide las realizaciones de hierro laminado y roblones. Diseñó puentes espectaculares, como el que cruza el Duero en Oporto, y la estructura del interior de la Estatua de la Libertad. Los estudios del proyecto de su torre comenzaron en 1884 y provocaron una polémica sin parangón en la época. Especialmente ofendidos se mostraron algunos intelectuales y artistas, como el poeta Paul Valéry, que publicaron un encendido manifiesto en el periódico Le Temps. «Escritores, escultores, pintores y amantes apasionados de la belleza hasta ahora intacta en París ?decían? venimos a protestar con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra indignación en nombre del gusto francés despreciado y en el nombre del arte y la historia francesa amenazados en contra de la erección en pleno corazón de nuestra capital de la inútil y monstruosa torre Eiffel. ¿Hasta cuándo la ciudad de Paris se asociará a las barrocas y mercantiles imaginaciones de un constructor de máquina para deshonrarse y afearse inseparablemente? Pues la torre Eiffel, que ni siquiera la comercial América querría, es, no lo dudéis, la deshonra de Paris...». Salvada por la radio La construcción comenzó a pesar de todos los obstáculos en 1887 y se terminó 26 meses más tarde. Su demolición estaba prevista para después de la Exposición Universal de 1900, pero las pruebas de transmisión radiofónica efectuadas por la Armada francesa salvaron finalmente la obra de Eiffel, como torre de comunicaciones. Eso, y los ascensores de la empresa Otis, que la convirtieron en un icono accesible a los turistas de todo el mundo. La torre, de 320 metros (incluida la antena) fue el edificio más elevado del mundo hasta 1930, cuando se construyó el rascacielos Chrysler en Nueva York. Su estructura está formada por 18.038 piezas fijadas por 2.500.000 remaches. Pesa 10.100 toneladas y cada año son necesarias 40 toneladas de pintura para adecentarla. En un día claro, desde su cúspide se puede contemplar la catedral de Chartres, a 70 kilómetros de distancia.