El horror, el vestido y los tontos

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

10 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA RETAHÍLA de comentarios patosos, bromas tabernarias y supuestas gracietas, realmente reaccionarias, con la que ha sido zaherida la foto de la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, en Maputo (Mozambique), refleja hasta el hartazgo el espíritu carca y casposo que anima a más gente de la que uno creía en este país. Gente que da por buenas las fotos de los grandes mandatarios del mundo vestidos al estilo del país anfitrión en sus cumbres periódicas, gente que da por buenos los mil y un viajes de ministros -no sé si todos necesarios- de este y del anterior Gobierno, blindados de periodistas; gente a la que nunca se le ha notado la menor sensibilidad hacia los problemas en los que viven las gentes visitadas por la ministra, han echado ahora toda su bilis contra Fernández de la Vega, contra el hecho de que viajara acompañada sólo por mujeres y contra la foto en la que se mostraba con las ropas que las nativas del país le habían ofrecido como símbolo de hospitalidad. Esta reacción cavernícola es una demostración más del clima insoportable que algunos tratan de crear, de ese apelotonamiento miserable del cuanto peor, mejor; de las actitudes cainitas que se afanan con ahínco en demostrar que vivimos en el peor de los mundos posibles. Estos climas, artificiosamente creados, de vértigo, apocalipsis y catástrofes en el desayuno, desaparecerán, ya lo hemos visto antes, un segundo después de que se produzca el cambio de gobierno. No es que los problemas se arreglen de golpe, es que los hooligans ya habrán conseguido su objetivo y se prepararán para recibir el hueso por el que tan vorazmente han luchado a las órdenes de sus mentores. Estamos en plena vorágine de la crispación y el hecho de que la vicepresidenta del Gobierno de España viaje a un país como Kenia, en el que la gente se muere de hambre y de sida y la mierda se acumula por estratos, es motivo de escándalo, lanzamiento de dardos y comentarios hirientes. No sé, tengo la sensación de que todo lo que hagamos los países que vivimos en la opulencia es poco, muy poco, para tratar de ayudar a otros en los que la falta de libertades va acompañada de la falta de pan y la abundancia de muerte; países en los que la esperanza de vida de las mujeres no llega a los cincuenta años y en donde los muchos niños que nacen tienen un futuro más cerca de la muerte que de la vida. Parece de justicia que los países que vivimos en medio del bienestar podamos ayudar, en lo político y en lo económico, a otros en los que tener agua para beber es un lujo, y encontrar un médico, una lotería. Ante este espectáculo de horrores, los tontos no ven la miseria, sólo se fijan en el vestido.