LAS VIÑETAS no matan. Seguro. Sin embargo, raro ha sido el día sin noticias de personas muertas o heridas en protestas registradas en Siria, Irán, Líbano, Pakistán, Libia, Jordania, etcétera, contra las viñetas danesas y su secuela de caricaturas. (Estas manifestaciones ya no son noticia, no se publican, pero siguen produciéndose, por fortuna, ya sin muertos). ¿Cómo explicar tal despropósito? Si nos miramos el ombligo, no lo entenderemos. Pero si nos plegamos a cómo ellos (los que protestan) se miran el suyo, tampoco se avanza. No debemos equivocarnos: no se trata de guardar un silencio políticamente correcto. Hay que defender la libertad de expresión y de respetar al prójimo. ¿Es incompatible? No, no lo es. Pero el prójimo debe saber que no es él quien traza los límites, como debemos saber que tampoco lo somos nosotros. Las protestas han tenido una base real: los musulmanes que se han sentido ofendidos. Y han tenido otra base tenebrosa: los regímenes autoritarios y corruptos que las han azuzado. Por eso creo tan necesario diferenciar entre las ofensas (indebidas) a las creencias y las críticas (debidas) a los sátrapas que instigan el radicalismo. No se deben confundir ambas cosas, por el bien de nuestro propio vigor democrático.