¿HABRÁ alguna cosa de la que Bush no tenga la culpa? Para algunos, no. El atentado contra la importante mezquita chií de Samarra, que, según varios comentaristas ha acercado Irak a la guerra civil, ha sido un duro golpe a la pacificación del país que desesperadamente busca la Administración estadounidense para poder sacar sus tropas y dejar de meter dinero en ese pozo sin fondo que es Irak. Sin embargo, no han faltado cualificadas voces en Irak y en Irán que coloquen la responsabilidad directa o indirecta del sacrílego atentado en Estados Unidos. Uno podría rendirse a la evidencia. La destrucción de la mezquita santa es una apuesta maquiavélica de los terroristas insurgentes, miembros de Al Qaida probablemente, que vienen sembrando el caos en Irak y que no vacilan en poner bombas en mercados, en matar a niños o en destruir el edificio de la ONU. Es un golpe muy bien calculado. En momentos en que la población, incluido un importante sector suní, empieza a estar harta de la violencia sectaria y a reaccionar contra ella, hacen saltar por los aires un símbolo religioso fundamental del chiísmo sabiendo que con ello provocarán represalias, se radicalizarán irremediablemente las posiciones de los dos bandos chií y suní, y se podrá abortar el proceso de acercamiento entre las dos comunidades iniciado después de las elecciones. Se podría, incluso, descendiendo a la anécdota, asombrarse de la ingenuidad de los responsables de la mezquita que mantenían una guardia de cuatro personas dormitando, con los tiempos que corren en Irak. Resulta, con todo, más fácil y populista responsabilizar a Bush o a su embajador por haber manifestado que el Gobierno estadounidense no financiará a partidos que sigan manteniendo milicias armadas o por abogar razonablemente por que el Ministerio del Interior no caiga en manos de extremistas de un bando. Los terroristas han logrado un primer objetivo. Milicias chiíes se han echado a la calle y en venganza han atacado un centenar de mezquitas suníes, han muerto unas doscientas personas, el proceso político ha sufrido un parón. Aumenta la tentación de reforzar las milicias, con lo que implica de debilitamiento del Estado. El toque de queda decretado por el Gobierno ha sido bien acogido por la mayoría de la población, que ve con pesar cómo crece el caldo de cultivo de los violentos. Con todo, mucho más que la actitud del Gobierno, con frecuencia desbordado, será la de los países vecinos, Irán fundamentalmente, y la de los líderes religiosos, lo que resultará decisivo en los próximos días. Un llamamiento a la calma continuado y decidido de los imanes, recordando a sus seguidores que no deben entrar al trapo de las provocaciones e identificando a los nihilistas fanáticos que no quieren la normalización del país -¿quién puede pretender luchar en nombre de Mahoma plantando bombas en sus mezquitas?- podría reconducir una situación enormemente deteriorada. En manos de los dirigentes religiosos está apartar al país de una guerra civil que algunos titulares de la prensa mundial esbozan ya ominosamente. En Estados Unidos, la gravedad del asunto ha relegado a un segundo lugar la polémica entre el presidente y destacados senadores, algunos de ellos conocidos del partido del propio Bush, sobre la venta de la gestión de terminales de contenedores en cinco puertos del país a una empresa de los Emiratos Árabes. Los senadores y alcaldes quieren pararla por razones de seguridad. Consideran a los Emiratos un país árabe sospechoso. El presidente alega que la seguridad en los puertos no depende para nada de las empresas, que el Gobierno de los Emiratos es serio y que bloquear la operación sería enviar un mensaje negativo sobre la receptividad de Estados Unidos a la inversión extranjera. Que no se puede predicar una cosa y practicar otra. Lo que trae resonancias de la controversia española sobre la opa eléctrica, aunque con los protagonistas cambiados. Las noticias de Irak arrasan, pues. El contribuyente estadounidense está hastiado del ingente desembolso en aquel país y hay elecciones dentro de ocho meses. De ahí el interés de Bush y su partido por la tranquilidad allí.