La última mudanza

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

HAY UNA FOTO de Xoan A. Soler que es toda una crónica. Fraga, apoyado en su bastón, abandona el Parlamento de Galicia. No camina firme ni humillado. Camina, sencillamente, hacia la salida. Ignoro las emociones que hay en su rostro. Desconozco si lo delató alguna lágrima. Pero es la imagen de uno de los momentos más emotivos en la vida política del hombre que gobernó Galicia y tiene entre sus méritos haber dado forma a la actual derecha española. Se marcha de su último reducto de poder el fundador del partido político que gobernó y volverá a gobernar España. El viejo Fraga del tono insolente e ideas de Estado es en esa foto la persona que culmina un ciclo y empieza una discreta etapa de senador. De viejo senador. Hoy, después de verlo, no quiero hacer una crónica política. Sólo quiero fijarme en el hombre que se dirige hacia la puerta de un salón de plenos apoyado en su bastón. En ese salón escuchó críticas. Lo pateó Beiras, con su zapato encima de la mesa. Levantó aplausos de los suyos. Provocó a los adversarios. Leyó inmensos discursos. Huyó de comisiones de investigación. Pronunció el nombre de España. Se desvaneció ante el micrófono. Ayer, todo eso era como una película del pasado, que el tiempo irá desvaneciendo entre la niebla de Compostela. Adiós, don Manuel. Y bienvenido al Senado. Mejor así. Desde agosto del 2005, desde la sucesión en el partido, su vida en Galicia era de una tristura rosaliana. Era un dejar jirones de vida y de poder en cada acto y cada persona que saludaba. Era el hombre que a las seis de la mañana no tenía un sitio desde el que mandar. Era el soldado sin trinchera que defender. Era el observador a distancia del hijo Rajoy que recaba firmas. Era, como le confesó el domingo a Lois Blanco en La Voz, el ciudadano que llegaba a su casa y tenía que pasar un cordón de ritos de movida, «entre cantos de chavales soplados». Este cronista sabe lo que siente un nacido en Vilalba al emprender un viaje así. En esa entrevista, Fraga lo dijo: «Ésta es la última mudanza». ¿Sabéis lo que significa decir eso? Contiene toda la fuerza telúrica del emigrante gallego que abandona su tierra sin esperanzas de volver. Es coger ese avión y pensar que no tiene retorno. Es hacer un equipaje de ida. Es sentirse solo ante un destino, que es Perbes, «al lado de mi querida mujer». Habla no sé cuántos idiomas. Escribió cerca de un centenar de libros. Es una enciclopedia del saber. Pero, al final, es un emigrante gallego que piensa como todos. Como yo. Como el campesino que se fue a Suiza. Como el que buscó su pan en Buenos Aires. Como todos los que un día apoyamos nuestra frente en la ventanilla de un tren y sólo supimos decir «non séi cando nos veremos».