SEGUIMOS sorprendidos por la lección de civismo que está dando la sociedad española en el cumplimiento de la nueva normativa sobre los espacios -casi todos- en los que no se puede fumar. Se diría que con un pueblo así cualquiera puede gobernar. Y no porque sea un pueblo aborregado o mansurrón, sino porque es consciente y respetuoso -con las leyes y con el vecino-. Hoy no tendría gracia la frase que el gran actor italiano Vittorio Gassman le propinó a nuestra Rosa María Sardá: «Yo solo fumo donde está prohibido». En cambio ha ganado la de Groucho Marx a una dama en un tren: «¿Le molesta que no fume?». Y es que Groucho Marx, que se ventilaba un habano de vez en cuando, era pura vanguardia aún antes de que Bogart ahumase Casablanca y la Martinica o Edward G. Robinson atufase a sus gángsters de ficción. Sus gestos impecables -e inolvidables- se han nimbado para siempre de una oscura aureola de muerte, con el tabaquismo convertido en una adicción crónica que produce dependencia física y psicológica y enfermedades respiratorias y cardíacas, el cáncer entre ellas. Pero esto nadie se lo dijo a tiempo a Bogart o a Robinson. Por ello son tan encantadoramente inocentes.