EN LAS RECIENTES elecciones a la presidencia de la República de Portugal participaron como candidatos dos doctores honoris causa por la Universidad de A Coruña: Mario Soares, que había sido ya presidente, y el ahora electo Aníbal Cavaco Silva. Los solemnes actos académicos se celebraron en octubre y noviembre de 1996. Las laudatio fueron pronunciadas por los catedráticos José Antonio Sobrino y Juan Fernández Caínzos, pertenecientes a las facultades de Derecho y de Ciencias Económicas y Empresariales, por las que se les invistió como doctores. Elegimos dos personalidades que expresaban el pluralismo del Portugal democrático, con el que nos encontramos en la Unión Europea. Al rector correspondió la congratulatio, mostrar la satisfacción que producía a una joven universidad que hubieran aceptado incorporarse a su claustro de doctores. También afirmar lo que suponían como puntos de referencia en la cartografía universitaria, que es universal por naturaleza. Rememorando palabras entonces pronunciadas se subrayaba la cercanía de Galicia y Portugal, dos países atlánticos en el sur de Europa. Existe algo más que geografía, sin acudir a la memoria histórica de lo que Castelao denominó «la indecisión amorosa» de Galicia. Se fundían en el acto académico, de un modo simbólico e intencionado, las voces de nuestro himno «que din os rumorosos», con la de Pessoa «e a fala dos pinhais, marulho obscuro. E o son presente desse futuro». Hoy es una nueva congratulatio por el triunfo del electo presidente de la República de Portugal, que honramos un día desde el afecto y la admiración. El profesor Cavaco Silva -decía entonces- nos enseñó a valorar el compromiso del universitario con el país. Su peripecia vital resulta, en ese sentido, paradigmática. Desde una sólida formación académica, doctorándose en York en una lengua que domina, el catedrático deviene parlamentario y gobernante, como ministro primero y presidente del Gobierno después durante diez años que coinciden con la etapa europea de modernización de Portugal. Y, tras los avatares inherentes a la política, vuelve de nuevo a la universidad. Una trayectoria de ese tipo favorece la independencia con que acaba de presentarse a la más alta magistratura de su país, y que no pocas veces se echa en falta. A la sobriedad de su temperamento le cuadra bien el rigor que presta al gobernante el hábito de la docencia y de la investigación, en la procura honrada del conocimiento -«a verdade que eu conto, núa e pura», en el verso de Camoens- que ha de emerger sobre los meandros de la política. Existen diversos tipos de liderazgo. Pienso que en el del presidente electo tiene una importancia significativa, como han apreciado los ciudadanos, la solidez de su formación. Con eco de palabras de Ortega y Gasset en Nueva y Vieja Política , no es preciso desprenderse de los hábitos intelectuales al faenar en el mar no siempre tranquilo de la política, para caer en un falso populismo. El éxito de un doctor honoris causa de la UDC es un motivo de orgullo para el claustro que en su día lo acogió y al que pertenece desde hace casi diez años.