TENGO UNA pesadilla que, últimamente, no se marcha de cama. Está ahí. Noche sí noche también. Cansando. Y no me la arreglan ni las tilas ni los yogures esos con bífidus que te reactivan la flora intestinal (¿?). No es que sueñe con ella. Es lo que me faltaba. Pero la veo en la tele. Que es peor. Es la Milá. La Mercedes. ¿Qué le pasa? ¿Por qué está histérica? Con lo majete que es su hermano. A mí, por lo que la pantalla enseña, me acongoja. Si un día me la encontrase en una esquina me daría un ataque de pánico. Sólo hay que ver cómo trata a los concursantes del Gran Hermano. A ellos y a sus parientes. No deja títere con cabeza. Cualquiera le tose. Te revienta los tímpanos. La última fue la agarrada que tuvo con un chaval de los que salen expulsados. Se ve que a ella no le importa hacer aguas menores mientras se ducha. Y el tipo -asustado- le decía que a él sí le importaba. Que en su casa se acudía al retrete para tales menesteres. Pues ya se montó. Que si es algo normal. Que si lo hace todo el mundo. Que si nos pudiese grabar ya se vería... Más quisieras, Merceditas. ¿Presenta un programa o es telepredicadora? ¿Se lo pasa bien en plan sargento de hierro? Y para rematarla, la cadena sortea (o sorteaba, no me acuerdo) una cena con ella. ¡Dios! Lo bueno es que para librarse de la pesadilla sólo hace falta darle a un botón del mando. Off. Fuera. Listo. Y que la aguanten en su casa. Y así, a lo mejor, hasta se calma. Yo, al menos, duermo mejor sin soportarla.