Herri Batasuna y la bóveda celeste

OPINIÓN

DICEN las crónicas que el emperador Fernando I de Hungría fiaba toda su política al buen funcionamiento de la Justicia, y que, ignorando que la acción de los tribunales no es más que el final de un complejo proceso, lleno de dudas y alternativas, trataba tan delicado asunto con un absolutismo craso y estéril que se manifestaba en su frecuente recurso a un apotegma latino de inmemorial vigencia: «Fiat iustitia, ruat caelum», que se haga justicia aunque el cielo se hunda. Así se mueve también el PP con Batasuna: apliquemos la ley, aunque el cielo se hunda. Aunque en este caso se olvida que, si se hubiesen aferrado al principio justiciero de Fernando I, seguramente no hubiese sido posible la Ley de Partidos, ni se hubiese podido inferir la criminalidad de unas candidaturas a partir de las presuntas intenciones de ciudadanos a los que nadie había privado de sus derechos y libertades democráticas. Confundir la ley con la realidad, y creer que las posiciones políticas se extinguen por decreto, es como vivir en el limbo. Escuchar al presidente del Tribunal Supremo que, dando por liquidada la coalición Batasuna, pretende sin embargo perseguirla como tal, suena a puro disparate. Y por eso me temo que, si hay instituciones democráticas que se niegan a que Ley de Partidos se convierta en la Biblia política del Estado, es porque han llegado a la conclusión de que el enfoque judicialista de los problemas políticos no es más que un parche que modifica los calendarios, pero no la historia, y que la reconducción del electorado batasuno a los cauces de la democracia es la tarea más urgente que tenemos en Euskadi. Y que no nos vengan con mandangas. Si el fiscal general decide no recurrir la celebración del mitin de Baracaldo, basándose en criterios tan discutibles como razonables, está cumpliendo la ley en la misma forma y medida que cuando decide recurrir. Y si el Gobierno aprecia condiciones de cambio que permiten adoptar nuevas actitudes, no lo hace con una legitimidad hipotecada a la satisfacción que muestre el ínclito Acebes. Por eso creo que la única equivocación que cometió Rodríguez Zapatero fue la de hacer seguidismo del PP y apoyar los discursos demagógicos que todavía se le escapan a Bono y Peces Barba, en vez de adoptar políticas novedosas felizmente contrapuestas a la artificiosa fortaleza legal y política del PP. La historia le atribuye a Hegel, defensor avanzado del Estado de derecho, la reforma del adagio invocado por Fernando I. «Fiat iustitia ne pereat mundus», decía el filósofo alemán: hágase la justicia de tal manera que el mundo no perezca. Y es que siempre tuve la sensación de que entre Acebes y Hegel mediaba cierta distancia.