Garantías

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

HAY en España unas oficinas de garantías lingüísticas, instaladas en Cataluña, cuya misión consiste en celebrar el idioma único, así como en dar por supuesto que cada ciudadano nace en una versión original a la que debe atenerse. Para hacerse una idea de lo que eso significa hay que tener en cuenta lo dicho por el presidente Maragall acerca de que la lengua es el ADN de la nacionalidad. Puede que tenga razón o que acierte en el meollo de una cuestión tan abstracta y tan concreta al mismo tiempo como la pasión nacionalista. Yo pasé algunos años en Londres conviviendo con irlandeses que sólo hablaban y escribían en inglés, perfectamente, porque ese era el idioma de sus padres y jamás se habían desenvuelto en otra lengua. Llevaban el trébol y la esmeralda tatuados en el cerebro y en el corazón (como debe ser), justificaban todos los actos del IRA y no les hubiera disgustado ver a un buen número de ingleses colgados de los pulgares. No era nada raro que nuestras conversaciones llegaran a un punto en el que razones y argumentos entraban en suspenso para dar paso a la manifestación de la barrera más infranqueable: «Hay cosas que no entiendes», me decían, «ni entenderás jamás, porque no eres irlandés». Si en uno de esos momentos yo les hubiera dicho que el inglés era el ADN de esa condición y circunstancia de su nacimiento y modo de ser que a ellos les esclarecía las cosas mientras las oscurecía para mí, se me habrían echado al cuello. Eso no quiere decir que yo esté en contra de unas oficinas de garantías lingüísticas, ni que me den mucha risa. Yo estaría muy a favor de unas instituciones semejantes cuya garantía se refiriera a lo que la lengua dice cuando se la usa, por encima y por debajo del idioma que deba ponerse en juego cuando se use la lengua. Unas oficinas que me garantizaran que la Audiencia Nacional no me está tomando el pelo cuando condena al asesino de Fernando Buesa a «cien años de cárcel y cinco de alejamiento». Creo que cualquier ser vivo puede verse alejado de todo y cuanto sea al cabo de cien años de añadidura a los que tenga cuando le pongan bajo semejante pena. Tal vez es muy difícil, quizá imposible garantizar lo que se dice al hablar y condenar o alabar, cuando quien habla hace de su lengua un sayo. Así, ¿qué ha de entender y asumir el ciudadano, de izquierda o de derecha, cuando alguien le habla de «patriotismo social»?