LA DIVULGACIÓN de la brecha digital como expresión del analfabetismo tecnológico que pone en inferioridad de condiciones a las poblaciones rurales frente a las urbanas o a las sociedades menos desarrolladas frente a las desarrolladas, ha contribuido a la extensión del término a otras desigualdades sociales o territoriales. Estos días se aplicó a la descripción del creciente desequilibrio económico y demográfico existente entre las provincias occidentales y las orientales de Galicia. Un tema recurrente que se aviva con cada informe estadístico presentado. Una diferencia cuyo significado hay que relativizar por cuanto es común a la mayoría de las regiones europeas de mediana urbanización. Una vez más debemos incidir en que no toda desigualdad supone un desequilibrio, al ser resultado de un proceso de ajuste asociado a la transformación de las sociedades rurales en urbanas. Del mismo modo, al referirse a Galicia, no se debe identificar la Galicia costera con las provincias occidentales, por cuanto la costa lucense también lo es, ni todo nuestro litoral es sinónimo de progreso y dinamismo, y ahí están las comarcas de la Costa da Morte. Tampoco todo el interior es un espacio rural regresivo, y para demostrarlo, ahí están comarcas tan dinámicas como el Deza o Valdeorras. En este contexto cabe también recordar un reciente informe estadístico de los municipios gallegos, que la prensa recogía señalando las diferencias en los niveles de renta, destacando algunos de la Galicia interior y especialmente algunas de nuestras ciudades, como Ourense. Todo ello me lleva a insistir en que, aun habiendo una gran diferencia entre la costa y el interior, como en todas partes del mundo viene ocurriendo desde hace años, al menos desde que la teoría de la ecumenópolis litoral se fraguó, la verdadera diferencia está entre la Galicia urbana y la rural. Por eso cuando las estadísticas se hacen sobre la base comarcal o municipal los resultados son notoriamente diferentes a lo obtenidos cuando se utiliza la provincia, que no es la demarcación más adecuada para expresar las diferentes realidades territoriales del país, al menos desde la escala regional. En cualquier caso, las tres brechas (la demográfica, la socioeconómica y la digital) tienden a atenuarse cuando se estudian los datos estadísticos utilizando como referencia la red urbana, en cuyo caso nuestra red policéntrica de ciudades y villas o cabeceras de comarca, que ya son pequeñas ciudades, nos ofrece un escenario mucho más positivo y esperanzador. No cabe duda de que las políticas descentralizadoras llevadas a cabo en los últimos decenios han contribuido a reforzar nuestra red de cabeceras comarcales como puntos de dinamización y reequilibrio territorial, tanto por la mejora de las carreteras, como de los equipamientos, de los servicios públicos y por las iniciativas privadas que a su amparo se han ido desarrollando. Por eso, entre las brechas y el policentrismo urbano encontramos algunas de las claves de nuestro desigual desarrollo territorial. Y también una de las mejores alternativas posibles. Naturalmente, contando siempre con la potenciación de las áreas metropolitanas, que son los motores que pueden arrastrar de la red urbana hacia adelante.