Es el empleo

| LEONCIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

SON MUCHOS los argumentos esgrimidos para explicar el estallido de violencia en los barrios franceses, pero los más repetidos son tres. Las revueltas se deben a un problema de integración que tiene causas raciales. Nacen de la escasez o deterioro de las prestaciones del Estado del bienestar. Además, son exclusivas de Francia y ponen de relieve la quiebra de su particular sistema de valores. Dichos argumentos se resumen en la metáfora del ascensor social, profusamente usada estos días, según la cual los mecanismos de igualación de la República habrían dejado de funcionar. El color de la piel, el nombre o el acento bloquean la entrada al mercado laboral. En consecuencia, los barrios periféricos se han convertido en guetos, y sus habitantes, en nuevos miserables de Victor Hugo sin nada que perder. Este diagnóstico se trasladó a la agenda pública de diversos modos. Así, Chirac admitió los problemas de identidad y, en consecuencia con ello, hizo guiños a la inmigración. Villepin se apresuró a anunciar un nuevo catálogo de medidas sociales para amortiguar la marginación. Por último, los gobiernos europeos y las autoridades comunitarias escurrieron el bulto dejando a sus colegas franceses solos ante el peligro. Sin embargo, hay razones para pensar que Francia es sólo el lugar donde se manifiesta el tumor y que lo que pasa en los banlieues revela un problema de alcance europeo. Su origen no sería racial ni cultural o religioso. Antes bien, sería consecuencia del proceso de globalización y alude a la incapacidad europea para expandir su mercado laboral en este nuevo escenario. Lo racial, lo cultural o religioso influyen, pero no son el sujeto ni el verbo, sino sólo complementos. Dicha incapacidad se traduce en la creciente exclusión del consumo de los sectores con rentas más bajas que, no sólo en Francia, en toda la UE, es absolutamente desestabilizadora llevada al nivel más extremo. Por lo tanto, la situación no se va a arreglar por la vía de aumentar la protección. Requiere una elevación permanente de la capacidad adquisitiva de estos colectivos y esto, a su vez, pasa por reformas muy profundas para colocar como norte la creación de millones de empleos. Reformar es complicado siempre pero entraña una dificultad añadida en Francia, donde las élites políticas son muy receptivas a los segmentos más activos electoralmente y, por tanto, con mayor capacidad para articular mayorías, como agricultores o ganaderos. La dependencia de estos sectores con tanto eco en las instituciones pospone las demandas de otros que influyen menos, o están peor representados, como los parados, impidiendo ver, no sólo en Francia, en Europa entera, que está dejando de ser competitiva ante otros actores globales a la hora de crear empleo. Por cierto, si se salvan las diferencias entre la sociedad basada en la producción de bienes, que caracteriza las primeras fases del capitalismo, y la actual, basada en el consumo, se verá que el paralelismo entre la quema de coches y la destrucción de máquinas por parte de los obreros ingleses hace ahora dos siglos es asombroso. Es la misma ira, sólo que entonces se dirigía contra lo que ponía en peligro el trabajo. Ahora se dirige contra lo que está fuera de alcance cuando es el trabajo lo que falta.