La fábrica de mediocridades

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

19 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

COMO DICE Giovanni Sartori, es normal que la televisión produzca analfabetos políticos y culturales. Se trata de un oligopolio administrado al servicio del poder, deformante y manipulado, que por lo demás sirve a uno excepcionalmente torpe. Ya es más preocupante que el sistema educativo se haya convertido en una fábrica de mediocridades. Al menos así lo dicen los evaluadores internacionales de la situación española. El fracaso y la inseguridad de los jóvenes emerge en numerosas patologías. La depresión, por ejemplo, que afecta al 30% de los estudiantes compostelanos, según el estudio del profesor Fernando Vázquez. Aunque el botellón representa el síntoma social más evidente, en la forma de una muchedumbre solitaria colocándose para buscar las identidades perdidas en la tribu. Otros indicios, como el éxito de programas como Gran Hermano o las justas de chillones, revelan el fracaso de un modelo que sólo cerrará por la propia ausencia de jóvenes que, visto lo visto, pocos quieren traer a este mundo. Nuestra educación es intervencionista, estatista y básicamente equitativa en su falta de nivel. La pagan los contribuyentes por canales que desconocen y después los políticos reparten los fondos a los colegios públicos y a los privados concertados. Todo es parecido salvo que, ironías presupuestarias, los concertados salen más baratos para el erario público. Los profesores, maravillosos, buenos, regulares, malos y adoctrinadores, cobran lo mismo. En unos casos dependen de un título y un contrato; y de pasar un examen de juventud ante colegas, más la antigüedad, en otros. Pero no se premia a los participantes en función del resultado de sus estudiantes, no importa la evaluación de los verdaderos destinatarios. De hacerse así, la educación estaría al borde de la quiebra. En España no hay libertad de elección educativa, ni libertad para impartir enseñanza. Los centros no pueden competir realmente entre sí, la diferenciación es más ideológica que profesional. Los políticos la contemplan como fábrica de futuros electores y la mayoría de los educadores no se ven en modelos alternativos viables. Todo es parcheo, remiendos y defensa contra males mayores. Un verdadero callejón sin salida. Se va a imponer la resignación y el ir tirando, y que cada cual se las arregle como pueda. El Gobierno meterá nuevos comisarios políticos y se liberará del problema del control de la calidad externa evitando reválidas delatoras. Mientras, los concertados lograrán un estatus de no excesiva asignación desigual. La mayoría de los jóvenes se sentirán poco capacitados, sino mediocres, al salir del sistema; no se les demostrará que nadie es más que nadie, que todos tienen algo realmente notable y que cada uno es imprescindible. Iniciarán una carrera contra la inseguridad y el malestar de sentirse gente del montón en una época donde sólo los elegidos tienen un lugar entre las estrellas. Muchos la perderán, pocos la ganarán.