Un discurso caótico

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

ESPAÑA es el país de la UE que mejor retribuye los cortes de tráfico, el bloqueo de los puertos y la obstrucción del ferrocarril. Si usted hace una huelga legal y como Dios manda -parando la mina, el camión, el astillero, o la universidad-, nadie le hace ni puñetero caso. Pero en cuanto corta la autopista, bloquea el puerto o detiene el tren, lo tratan como un héroe de la lucha social, le rebajan el gasóleo y le suben el sueldo por encima del IPC. Y así se explica que, en pura congruencia con la etimología de lo moral, los españoles nos hayamos acostumbrado a este enorme disparate, y que a nadie le extrañe ya que la huelga de los agricultores nos deje sin pescado, la de camiones sin escuela y la de astilleros sin quirófanos. Con estos antecedentes, resulta muy difícil entender en qué consiste la «tolerancia cero» que Rodríguez Zapatero le recetó a Chirac. Su discurso, tópico y ramplón, sólo tiene sentido si se considera que la actual revolución francesa no responde a problemas sociales objetivos, o si se estima que la quema indiscriminada de vehículos constituye la diáfana frontera de los espacios de impunidad que operan por aquí. Porque los grandes conflictos siempre se ensayan con pequeños altercados. Y nadie puede decir que la cultura que impera en España sea la del respeto a esas libertades cívicas que una y otra vez se conculcan para cargar, con resultados muy injustos, las armas de la reivindicación laboral. En otro orden de cosas, creo que la sensación que se deriva de asuntos tan serios como la reforma constitucional y estatutaria, la pacificación de Euskadi, la construcción de consensos internos, la política de inmigración, las relaciones con la Iglesia y la reforma educativa, es la de un discurso caótico e inestable, en el que toda la racionalidad que exige el buen gobierno se sustituye por respuestas puntuales y cesiones a las minorías. Y por eso hay una percepción de parcheo y queipodellanismo que empieza a inquietar a muchos progresistas. El síntoma más grave de esta apuesta por la coyuntura es la fiebre de acuerdos bilaterales con los países de la UE. Porque, lejos de consolidar un discurso constitucional unificado, se está apostando por una Europa hecha de remiendos mal cosidos, en la que todas las políticas comunes, cada día más necesarias, quedan diluidas en sus excepciones. Por eso le aconsejo a Zapatero y al PSOE que hagan un alto en el camino, analicen sus horizontes, y empiecen a hacer política de Estado. Porque la principal razón que tuvimos para llevarlos a la Moncloa fue la de cerrarle el paso al aznarismo . Y mucho me temo que, en vez de actuar como un repelente, empiezan a funcionar como un reclamo.