LA jubilación, si no fuera por las precarias pensiones, si te pilla en forma es ese estado envidiable en el que puedes dedicar tu vida a la contemplación divina, divinamente sin prisas; o a la terrena, la de obras en construcción. Pero la jubilación puede convertirse en un trago terrible según dónde se produzca. Por ejemplo, en Japón. Como en tantas ocasiones, las mujeres sufren los daños colaterales. Las niponas, a pesar de su aparente docilidad, están hasta el kimono. Después de cumplir toda su vida con su trabajo en casa, de repente un señor en pantuflas revolotea a su alrededor como una sombra parlante que pretender meter baza en todo lo que era su parcela de poder. El anciano se levanta a media mañana y se sienta en la mesa esperando a que alguien le sirva el desayuno. Tras la aparente paciencia de la sumisa cónyuge se esconde un incipiente ataque de nervios. En Japón ya se considera una enfermedad que han llamado Síndrome del Marido Jubilado (SMJ). Las japonesas sufren mareos, úlceras, estrés, erupciones cutáneas. El SMJ ocurre porque allí ellos no tienen vida social, sólo laboral, apenas familiar. Hasta se van de vacaciones con compañeros de empresa dejando a la familia. Cuando se jubilan se convierten en inútiles con mando en plaza que tratan a sus mujeres como criadas. Ellas los llaman sodaigomi (basura que estorba). El SMJ se estudia y trata en Japón, pero la historia no suena tan lejana.