VIVIMOS en un gran timo. El mundo es una gigantesca vendida de moto en la que gente como usted y como yo siempre sale perdiendo. Vas al párking, dejas allí tu coche 45 minutos, pero pagas una hora. Hablas por el móvil tres minutos y veinte segundos, pero pagas cuatro. Vas al súper, pides 200 de queso, pero te ponen -y te cobran- 250. Sin preguntar. ¿Y los refrescos? Cada día son más caros, y las botellas, cada vez más pequeñas. Debe de ser que la chispa de la vida se está haciendo pequeñita pequeñita y ahora es una chispilla que cabe en cualquier sitio. Pero lo peor son los detergentes. Ahí está el gran timo. Al principio los hacían todos en polvo y cada cual echaba lo que quería. Los fabricantes, pillos ellos, nos vendieron la moto de lo cómodas que resultan las pastillas y ahora la mayoría utiliza ese formato que, bajo su apariencia moderna, esconde un gran timo. Cada vez que usted deposita una de esas pastillitas en su lavavajillas o en su lavadora está renunciando a su derecho a elegir la dosis que considere oportuna. Lo hace por usted el fabricante, al que lo que le interesa es que cada vez gastemos más y que compremos más. Yo he decidido declararles la guerra. Cojo sus pastillas, las parto por la mitad y duplico el uso de cada paquete. ¿Saben una cosa? Media pastilla limpia igual que una entera. Para combatir a tipos como yo, algunas marcas colocan bolitas rojas en sus pastillas que son imposibles de partir. ¿Saben otra cosa? Limpia igual con la bolita que sin ella. Lo sospechaba.