La Fiesta Nacional

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

13 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LA LLAMADA Fiesta Nacional de España necesita perentoriamente una profunda redefinición. Tal como hoy está concebida, la efeméride no responde ni a la identidad nacional ni representa a la mayoría de los españoles. La fecha elegida -nada menos que el Día de la Raza en el antiguo régimen- no es precisamente la más adecuada, sus contenidos son confusos, la iconografía es inapropiada, y los mensajes emitidos, cuando menos discutibles. Ese día, en el que tanto se habla de Patria común e indivisible de los españoles, debería aprovecharse para clarificar un concepto -el de Patria- que ni es unívoco ni, por supuesto, inmutable. Los romanos llamaban Patria al Estado o sociedad a que pertenecían y cuyas leyes les aseguraban la libertad. Los líderes de la Revolución Francesa denominaban patriotas a los revolucionarios en contra de los aristócratas del Antiguo Régimen. Jürgen Habermas, al que tanto se cita últimamente, acuñó el concepto de «patriotismo constitucional» con el fin de dotar a Alemania de una nueva identidad democrática antitética del «patriotismo nazi», cuyas trágicas consecuencias para Alemania y la humanidad son bien conocidas. Ese mismo concepto está presente en nuestra tradición liberal y democrática, que desde las Cortes de Cádiz identificó siempre Patria con libertad y constitución. En efecto, Flores Estrada afirmó al convocarse las Cortes de Cádiz: «Los españoles no tienen Constitución y, por consiguiente, no tienen Patria». No menos contundente se mostró Argüelles cuando al presentar la Constitución de 1812 proclamó: «Españoles, ya tenéis Patria». Así pues, si nos atenemos a la mejor tradición histórica, tanto propia como ajena, y excluimos el breve paréntesis de la segunda República, bien podemos afirmar que España se constituye como nación democrática -es decir, como Patria común de los españoles- el 6 de diciembre de 1978, día en que se proclamó la Constitución que garantiza la libertad de todos y cada uno de los ciudadanos de este país. Ahora bien, es preciso recalcar que el legítimo patriotismo que deriva de este hecho trascendental es incompatible con aquel otro patriotismo , el de la vieja tradición del nacional-catolicismo excluyente y liberticida. Y eso es precisamente lo que no queda claro en los actos que cada año se celebran en Madrid el 12 de octubre, ni en discursos como el que Paco Vázquez pronunció el pasado miércoles en la ensenada del Orzán. La Fiesta Nacional debe celebrarse el 6 de diciembre, día de la Constitución que une a la gran mayoría de los españoles, no puede limitarse a un ritual desfile castrense -los militares ni monopolizan el patriotismo ni son su quintaesencia- y ha de lograrse, como ocurre en Francia y EE. UU., el protagonismo popular en todo el país. De lo contrario, la confusión persistirá, la indiferencia de los ciudadanos irá en aumento y el fracaso será inevitable.