LOS QUE nos enfurecimos con la catástrofe del Prestige por la incapacidad, inoperancia y desprecio de quienes no la quisieron gestionar, volvemos a enfurecernos ahora. Quienes nos encolerizamos al ver cómo nuestro país se unía a los que pisoteaban los derechos humanos en Irak, volvemos a irritarnos ahora. Porque lo que estos días se hace con los inmigrantes subsaharianos que buscan una mejor vida, es equiparable a lo que entonces vivimos y que no sólo nos irritó, sino que también nos humilló. Porque sólo este Gobierno que nos ha tocado padecer, y sólo sus colegas europeos, desconocen que en Marruecos no se respetan los derechos humanos. Por eso la señora vicepresidenta se fue a Melilla, midió la altura de la valla, arremetió contra Mariano Rajoy, como si el problema tuviese que solucionarlo él, y regresó satisfecha tras decir que los marroquíes son toda una garantía para las libertades. Como hacen los muy simples que no se enteran ni de lo que tienen ante sus ojos. Porque sólo ellos desconocen que Marruecos no es precisamente la mejor garantía de respeto a la vida y a los derechos de los ciudadanos. Ignoran la situación de los saharauis y de quienes se permiten disentir. Olvidan que Marruecos es un país dirigido con mano de hierro por un monarca caprichoso. Un país inmerso en una carrera contra toda legalidad internacional, que se pitorrea de las decisiones de la ONU, que mantiene territorios ocupados, que gusta de hacer añicos las más elementales normas diplomáticas y que con los españoles tiene la fea costumbre de jugar al gato y al ratón. Sólo quienes no vieron las imágenes de los inmigrantes subsaharianos, desgarrados por el dolor de las heridas y por el pánico de no saber a dónde los llevan, pidiendo ayuda, sólo ellos, pueden dormir tranquilos. Los demás, no. Los demás estamos enfurecidos. Y aterrorizados.